Historia del movimiento obrero en chile


CAPITULO IV

PRIMERAS LUCHAS, ORÍGENES DE LA CONCIENCIA DE CLASE
Y PRIMITIVAS ORGANIZACIONES DE LOS TRABAJADORES

Numerosos autores sostienen que en Chile la lucha de clases planteada por la clase obrera contra sus explotadores data sólo del presente siglo. Así, Jorge Gustavo Silva, en su obra Nuestra Evolución Político-Social (1900-1930), califica a la huelga portuaria de Valparaíso que se inició el 12 de mayo de 1903 como "...el bautismo de sangre de la cuestión social" o como "...la primera manifestación de la lucha social moderna en Chile" (1).

Este autor, en La Cuestión Social y la Legislación Social en Chile, insiste sobre el mismo punto de vista al escribir: "En Chile la cuestión social despunta hacia los comienzos del siglo XX, quizás un poco antes, quizás un poco después del año primero de este siglo" (2). Por su parte, Tulio Lagos Valenzuela, autor de un Bosquejo Histórico del Movimiento Obrero en Chile, recoge y hace suyas diversas opiniones en el sentido de que sólo desde comienzos del siglo actual encontramos una "...franca demostración de fuerzas de las clases asalariadas" (3).

A nuestro parecer, juicios como éstos son francamente erróneos; sólo han podido ser formulados debido a la insuficiente información que todavía existe sobre la historia social de Chile en el período anterior a 1901. La verdad es que el surgimiento del proletariado en nuestro país, lo mismo que en cualquier otro, implicó necesariamente el planteamiento de la lucha entre la clase naciente y sus explotadores. Si, como lo hemos visto, el proletariado chileno comenzó a constituirse hacia mediados del siglo XIX, es en esa época donde hay que encontrar las primeras manifestaciones de su lucha. Y efectivamente, el movimiento obrero nacional se inicia presentando sus primeras señales, alrededor de la mitad del siglo pasado. A partir de aquel momento, y en la misma medida en que el proletariado crecía y ganaba experiencia, la lucha de clases tomaba cuerpo y preparaba el camino a luchas posteriores más importantes y de mayor trascendencia.

En la trayectoria del movimiento obrero durante el siglo XIX, se pueden distinguir dos etapas separadas por la Guerra del Pacífico.

La primera de estas etapas es algo así como la prehistoria de nuestro movimiento obrero; va desde los orígenes del proletariado hasta 1879. Durante ella, la clase obrera evoluciona desde su calidad de núcleo incipiente, cuantitativamente débil, disperso, sin organización de ninguna especie, hasta constituir una clase social relativamente numerosa, con caracteres propios cada vez más definidos, que vive en algunos centros urbanos más o menos densos, que empieza a adquirir los primeros rudimentos de una conciencia de clase y que también empieza a bosquejar formas elementales de organización y de lucha.

Es en esta época cuando los obreros hacen sentir sus primeras manifestaciones de protesta y rebeldía, sosteniendo sus primeras luchas. Son luchas sin programas ni organización; por tanto, luchas sin proyecciones ni orientación. Resultan algo así como el fruto / espontáneo de una explotación sin piedad; son la reacción inmediata, directa, muchas veces violenta, de hombres que sienten el aguijón de la miseria y de la injusticia social. La generalidad de las veces no persiguen sino una cosa: ganar por la violencia o con el empleo de medios considerados ilícitos, lo que es imposible conseguir en otra forma. Otras veces se busca la reivindicación por medio de la huelga. Por último, es frecuente también la venganza personal, si no contra el opulento explotador, al menos contra sus representantes en las faenas, sean ellos administradores, mayordomos o capataces.

Engels, al exponer las condiciones de vida del proletariado inglés y sus primeras luchas, explica: "La primera, la más grosera, la más horrible forma de tal rebelión, fue el delito. El obrero vivía en la necesidad y la miseria y veía que otros estaban mejor que él. Su mente no alcanzaba a comprender por qué él, que sin embargo, hacía más por la sociedad que un rico holgazán, debía sufrir en tales condiciones. La miseria vencía su natural respeto por la propiedad: y robaba" (4). Es decir, los obreros hallaron en la apropiación ilegal de riquezas que ellos habían concurrido a producir, una manera de compensarse de la explotación legitimada de que eran objeto. Así mismo sucedió aquí en Chile.

En las minas de plata, por ejemplo, nació la "cangalla", el robo de metal precioso que se realizaba por medio de mil tretas diferentes, algunas muy ingeniosas o audaces, como la que consistía en esconder trozos metálicos en el ano, pero que a veces solían poner en peligro la vida del cangallero. Los peones no concibieron la cangalla como una acción delictuosa, sino más bien como una forma de participación en los bienes que proporcionaba la tierra. A este respecto, Domingo Faustino Sarmiento, que vivió algún tiempo en el norte dedicado a labores mineras, escribió lo que sigue:

"El robo de metales preciosos, cualquiera que sea su cantidad y su valor, es reputado como una regalía y como un gaje de su profesión. Familiarizado con la vista de tesoros que explota para enriquecer con ellos a otro más afortunado, a quien sólo le cuestan las diligencias judiciales de un pedimento... no se hace escrúpulos de participar con el convencional propietario de los bienes que la naturaleza prodiga a ciegas y que sólo a él le cuestan sudores y fatigas" (5).

Por supuesto que este criterio no era compartido por los dueños de minas. Estos, para evitar la cangalla y mantener "en disciplina" a los trabajadores, intentaron hacer de los minerales verdaderos campos de concentración. En 1841 lograron que el Presidente Prieto dictara un decreto que reglamentaba la vida en los minerales de la manera más absurda que imaginar se puede. Entre otras cosas, se disponía el toque de queda en el mineral a las nueve de la noche, con la obligación de que se apagaran las luces poco después de esa hora; cualquier infracción por parte de los trabajadores era penada "...por primera vez con ocho días de trabajo... sin sueldo a favor del gremio (vale decir, de los dueños de minas); por segunda vez, con igual pena por el tiempo doble; y así en proporción..." También se disponía la obligación de que toda persona que vivía en el mineral tuviera una papeleta firmada por el mayordomo y visada por el juez. Pero lo absurdo de este decreto llegaba a su extremo en el artículo 32 que disponía: "Se prohíbe a las mujeres entrar en el mineral de Chañarcillo y sus cercanías. Cuando las casadas quieran visitar a sus maridos, obtendrán permiso escrito del gobernador departamental".

La gente sensata fustigó enérgicamente estos reglamentos y el costumbrista José Joaquín Vallejo, en uno de sus celebrados artículos, lo hizo blanco de sus ironías en los siguientes términos:

"Todo se remedió con expulsar a las mujeres de Chañarcillo y con declararlas allí un artículo de contrabando. Hombres barriendo, hombres lavando, hombres espumando la olla, hombres haciendo la cama hombres friendo empanadas, hombres bailando con hombres, cantando la extranjera y hombres por todo y para todo; es una colonia de maricones, un cuerpo sin alma, un monstruo cuya vista rechaza y que no es la cosa menos notable de nuestro Chile" (6).

Dicho sea de paso, la acción del cangallero suponía la existencia de "honorables" comerciantes que compraran el metal robado a bajísimo precio. Estos comerciantes, algunos de considerable prestigio, estaban a cubierto de las persecuciones que se lanzaban contra los cangalleros como lo demuestra el siguiente párrafo de un artículo publicado en "El Copiapino" el 25 de abril de 1846:

"Mientras el juez del mineral luchaba con los ladrones, hallaban éstos asilo y protección en los pueblos, a donde se establecieron habilitadores que fomentaban la cangalla.

"Se persigue al pobre ladrón de metales y se respeta al comprador rico. Se persigue al ladrón pobre y se respeta como sagrado el lugar a donde se depositan los metales para su beneficio.

"Se persigue al débil, mientras los cómplices ricos en Vallenar y Copiapó se sonríen, gozan inmunidades y trafican con el delito, seguros de no ser molestados en su criminal agencia".

Aparte de la cangalla, reacción elemental o primaria que no conducía a los trabajadores a ninguna parte ni les ayudaba en definitiva a resolver ningún problema, hubo otras formas de rebeldía. Frecuentemente en los centros mineros hubo rebeliones de trabajadores en las que las interrupciones de faenas se acompañaban de saqueos a almacenes y tiendas. Una cantidad de muy variados documentos permite aseverar que durante la etapa que diseñamos, las faenas estuvieron muy lejos de desarrollarse en un ambiente tranquilo, libre de conflictos o de tensiones sociales.

Mucha gente, además de constatar estas tensiones, logró comprender algunas causas de ellas. En "El Constituyente", periódico que se editaba en Copiapó, el 3 de mayo de 1865, al comentarse una huelga que se había producido en Chañarcillo días antes, se puede leer lo que sigue:

"Si fuéramos a hacernos aquí intérpretes de los sentimientos que dominan a las clases secundarias, tendríamos que confesar que entre subalternos y superiores no reina en Chañarcillo la debida armonía.

"De mayordomo abajo, todos los empleados de las minas censuran la dureza con que son tratados por el administrador, que es casi siempre un déspota inflexible.

"Lo que resulta evidente de la resolución manifestada el miércoles por los trabajadores del mineral, es que hay un gran vacío que llenar entre operarios y patrones".

Una de las primeras rebeliones mineras tuvo lugar en Chañarcillo el año 1834. El investigador Roberto Hernández, haciendo una referencia a ella y a otra que se produjo poco después, aunque en fecha no señalada, dice:

"El alzamiento de peones en 1834 se repitió más tarde, causando con ello una enorme intranquilidad en Copiapó mismo, en donde la población llamada de La Placilla era como una amenaza constante" (7) . Señalando los antecedentes de estas rebeliones, el mismo autor expresa que "...el don inestimable de la tranquilidad social solía tener sus fallas, y una de las partes en que desgraciadamente dejaba mucho que desear era precisamente en Chañarcillo, o más propiamente dicho, en la población minera que se había congregado al pie del mineral y que tenía el nombre de La Placilla..." (8)

A partir de aquel momento, las rebeliones se empezaron a producir con bastante frecuencia, según se desprende de numerosos testimonios. Sarmiento, en su ya citado artículo sobre los mineros, escribió:

"Tal es el minero en Chile... Chañarcillo, en un círculo de pocas cuadras contiene más de seiscientos. y los alzamientos con el manifiesto designio de saquear las faenas y cometer toda clase de excesos, empiezan a hacerse tan frecuentes, no obstante la presencia del juez que suele ser un militar con fama de valiente para ser respetado..." (9)

Años más tarde, el 25 de abril de 1846, se podía leer en "El Copiapino" lo que sigue: "Algunas asonadas en varias épocas consternaron a los habitantes pacíficos del mineral por las amenazas de destruirlo todo y por el saqueo de algunas tiendas y faenas... Los mineros (empresarios) claman por una protección, por un arreglo y por medidas que aseguren sus propiedades, pongan en deber a los trabajadores, enfrenten a los díscolos y persigan la ociosidad".

Tales movimientos no sólo estuvieron circunscritos a la Zona Norte, sino que también hubo frecuentes manifestaciones de ellos en la región carbonífera, como se desprende del siguiente documento: "Entre las medidas adoptadas, debo mencionar a U. S. el reglamento expedido para los minerales de Lota y Coronel; en ambos puntos la inseguridad era ya un mal que interrumpía las labores y que ponía en conflictos a la autoridad local, débil por sí sola para sobreponerse a los graves desórdenes de los trabajadores. Heridas y aun asesinatos, insurrección de los trabajadores en contra de los dueños de minas, eran hechos que se repetían con escándalo y que reclamaban un remedio eficaz..." (10) En este mismo documento se agrega luego que el reglamento de policía dictado conduce a "...evitar la paralización de las labores y a concluir con la anarquía que reinaba entre los mineros..." (11)

Desgraciadamente, no hemos hallado referencias más precisas de estas "asonadas" o "rebeliones". En todo caso, por lo expuesto en los párrafos transcritos, se deduce que se trató de actos de violencia cuya causa, sin duda alguna, hay que encontrarla en la exasperación que producía entre los obreros la explotación inhumana de que se les hacía víctimas.

Aparte de los movimientos a que nos hemos referido, ha sido posible individualizar en este período los siguientes movimientos:

1. Huelga de operarios de sastrerías. Santiago, 1849.

2. Movimiento de trabajadores en las minas del Norte Chico a raíz de la guerra civil de 1851.

3. Movimiento de cigarreros. Santiago. Mayo de 1853.

4. Movimiento de zapateros. Valparaíso. Mayo de 1853.

5. Huelga de jornaleros. Caldera. Marzo de 1856.

6. Movimientos en la región del carbón con anterioridad a 1857.

7. Rebelión de mineros en Lota y Coronel. Septiembre de 1859.

8. Movimientos de mineros en el Norte Chico como reflejo de la guerra civil de 1859.

9. Huelga de operarios de sastrerías. Santiago. 1861.

10. Huelga de operarios de sastrerías. Valparaíso. 1861.

11. Huelga de fleteros marítimos. Valparaíso. 1861.

12. Paro de obreros que trabajaban en la construcción del túnel San Pedro, ferrocarril de Santiago a Valparaíso. 1861.

13. Peticiones de operarios de sastrerías. Santiago. 1863.

14. Rebelión de mineros. Carrizal. 1864.

15. Huelga de mineros. Chañarcillo. 1865.

16. Movimiento de tipógrafos. Santiago. 1872.

17. Movimiento de tipógrafos. Valparaíso. 1872.

18. Huelga de fleteros. Valparaíso. 1873.

19. Huelga de obreros portuarios. Valparaíso. 1874.

20. Incidentes callejeros. Santiago. 1878 (12).

Con seguridad, estos actos dados a conocer no fueron los únicos. Una investigación minuciosa, pero difícil de realizar por la gran cantidad de fuentes a las que habría que recurrir, permitiría -ciertamente- saber de una multitud de hechos como los señalados. De todos modos, lo expuesto es revelador, por cuanto permite comprender que la clase trabajadora chilena tuvo, desde sus orígenes, una actitud de lucha, de rebeldía en contra de las condiciones en que se hallaba.

Estos gestos fueron medidos en su magnitud y en sus proyecciones por las clases dominantes y el Gobierno. Ellos vieron con alarma los comienzos de un movimiento que convenía detener por medio de una legislación represiva o por el "amansamiento" de los trabajadores a través de la difusión de ideas que los hiciera "defensores del orden y de la tranquilidad social". "El Mercurio", por ejemplo, a raíz de la huelga de los obreros de sastrerías de Santiago, el año 1849, escribió:

"Estas protestas en masa no son un progreso de la libertad, sino un principio de desorden que es fuerza reprimir en su primera manifestación ilegal, y si no se hace, mañana, por la menor causa, pondrán en alarma una ciudad a cada momento" (13).

Revisando el tomo primero de la Revista de Santiago correspondiente al año 1855, hemos hallado un artículo de Francisco Marín Recabarren titulado "El obrero y su trabajo". En él se informa de un proyecto de ley reglamentario de las actividades de los trabajadores presentado al Congreso por el Gobierno, y el que contenía, entre otras, las siguientes disposiciones:

"Artículo 2. Toda coalición de parte de los obreros para cesar de trabajar a un tiempo, para prohibir los trabajos de ciertos talleres, impedir que se dirijan y permanezcan en éstos últimos antes o después de ciertas horas, será castigado, si hubiera habido tentativa o principio de ejecución, con una prisión que no baje de quince días ni exceda de tres meses" (14).

Tan absurdo era este proyecto, que él no prosperó en el Congreso y fue rudamente atacado en nombre de sanos principios liberales. Francisco Marín Recabarren lo impugnó por considerar que él atentaba "directamente la propiedad del proletario y del artesano, y lo priva de toda garantía, dejando el libre ejercicio de su trabajo e industria a merced de una voluntad caprichosa contra la cual no le sería tan fácil obtener separación. Y entonces, en dónde está la igualdad de derechos ante la ley, la igualdad civil que proclama la Constitución? Se consagrarán ciertos principios en nuestras instituciones, y en su aplicación se harán excepciones odiosas?" (15)

Es perfectamente lógico suponer que si el Gobierno tomó la iniciativa para legislar aplicando sanciones a quienes promovieran huelgas, lo hizo porque tales movimientos se producían con cierta frecuencia que era necesario romper; esto confirma lo ya dicho en cuanto a que una investigación acuciosa sobre la materia, seguramente nos mostraría una cantidad relativamente grande de conflictos del trabajo en el período anterior a 1879. Por lo demás, confirman esta presunción varios documentos, entre los cuales podemos citar la Memoria presentada por el Intendente de Valparaíso al Ministerio del Interior el año 1874, en uno de cuyos párrafos, titulado "Huelgas", se puede leer lo que sigue:

"La rebelión contra el trabajo, conocida con el nombre de huelga, que tan perniciosas consecuencias ha producido en Europa y sobre todo en Inglaterra donde tuvo su origen, ha pretendido iniciar también entre nosotros una cruzada tan perjudicial como la que ha tenido que soportar el Viejo Mundo.

"En efecto, varios gremios comprometidos con el público y el comercio a prestarles sus servicios mediante remuneraciones pactadas o estipuladas por ley, han puesto por un momento en conflicto la marcha ordinaria y regular de los negocios; pero han bastado unas cuantas medidas enérgicas de la autoridad para hacer volver a sus deberes y compromisos a los rebeldes y encarrilar de nuevo el movimiento diario de los asuntos" (16).

Poseen considerable valor para apreciar estos movimientos algunas opiniones expresadas por Fanor Velasco en la Revista de Santiago; reconoce que ellos representan "...un fenómeno económico que en Chile ha principiado por la última capa de la costra social..." (17) Tal fenómeno no es -a su juicio- aislado o propio de nuestro país, sino que forma parte de un fenómeno universal; "es imposible dejar de reconocer que el germen de la revolución social está en la atmósfera del mundo y que las bases económicas de los pueblos civilizados están condenadas a modificarse, más o menos pronto, más o menos esencialmente, pero en todo caso fatalmente condenadas a una profunda transformación..." (18)

En 1873, a raíz de una huelga de fleteros que hubo en Valparaíso ese año, y como consecuencia de la exposición de "...una doctrina desmoralizadora..." (19) hecha seguramente por un obrero en la Escuela de Adultos Blas Cuevas de esa ciudad, don Daniel Feliú creyó conveniente dictar a los alumnos de esa escuela una conferencia sobre el trabajo y las huelgas. En ella, además de exponer que el trabajo es una condición esencial del progreso de la sociedad, se refirió extensamente a la libertad de trabajo (20).

Reconoció, en primer término, el derecho que los obreros tienen para recurrir a la huelga haciendo uso de la libertad de trabajo. Así, expresó: "Es pues indudable el derecho que los obreros tienen para declararse en huelga cada vez que lo tengan por conveniente" (21). En seguida, señaló que "...la huelga es un recurso extremo que redunda en perjuicio no sólo de los patrones, sino principalmente de los mismos obreros... tienen para los obreros un gravísimo inconveniente -el de dejarlos sin pan durante muchos días..." (22) Luego, como para introducir el temor a su auditorio compuesto de obreros, Feliú explicó "...el capitalista puede soportar durante mucho tiempo la paralización del trabajo, pero el obrero asalariado, que vive casi al día tiene que ceder más fácilmente si no quiere soportar la miseria..." (23) Agregó que para los capitalistas es 1'ácil reemplazar a los huelguistas y adoptar otras medidas contra ellos. "Las huelgas son, pues -concluyó- evidentemente un mal; un mal por las perturbaciones que producen sobre todo cuando se trata de una industria de aquellas más necesarias, y mal para los obreros sobre quienes recaen con mayor fuerza las consecuencias de la cesación de trabajo" (24).

La citada conferencia fue publicada en el año 1873 en un folleto titulado "El trabajo y las huelgas de obreros". Junto con ser interesante por los puntos de vista en él contenidos, tiene el valor de ser otro indicio, bastante seguro, de que en la época en que fue escrito se estaban produciendo movimientos huelguísticos lo suficientemente importantes como para que se juzgara oportuno disertar sobre el asunto entre los obreros, procurando, naturalmente, disuadirlos de recurrir a tal forma de lucha.

Simultáneamente con estos procedimientos "persuasivos", hubo quienes preconizaron medidas enérgicas de la autoridad, para "encarrilar a los rebeldes" y hacerlos volver a sus deberes.

La verdad es que ninguno de estos procedimientos logró su objetivo por una razón muy simple: los conflictos obreros son inevitables en la sociedad capitalista en la que los poseedores de los medios de producción -por el hecho de ser tales- se apropian de los frutos que rinde el trabajo colectivo y dan a los trabajadores los recursos mínimos para que apenas puedan subsistir.

* * *

Los fenómenos que venimos estudiando demuestran que el proletariado, desde sus comienzos, fue gradualmente forjado su conciencia de clase. Además de saberse diferentes de las otras capas sociales, los obreros sentían las desigualdades que gravitaban negativamente sobre ellos y la explotación de que eran objeto. Así se explica la capacidad de rebeldía de que dio muestras desde época tan temprana.

La conciencia de clase del proletariado continuó su desarrollo haciéndose más rica, más aguda y más inteligente. Incluso hubo elementos trabajadores que pudieron darse cuenta cabal del valor de la clase obrera dentro del conglomerado social, como lo revela el siguiente trozo de un artículo aparecido en "El Copiapino" el 15 de marzo de 1865 en la columna reservada a la Sociedad de Artesanos de Copiapó:

"A nosotros que formamos la clase obrera, cuya clase por su inmensa mayoría es la base principal que sostiene el edificio social, y que por un derecho legítimo somos acreedores a doble significación social que la que hasta ahora se nos concede, y que por el contrario, ocupamos una esfera bastante triste, a nosotros digo, nos incumbe trabajar con constancia y entusiasmo para conseguir tan digno objeto; y lo conseguiremos precisamente, pues sólo consiste en nuestra voluntad si tomamos por norte de nuestras aspiraciones".

Firmado por un indescifrable J. del G. A., el párrafo transcrito acusa una de las primeras expresiones escritas de un pensamiento que tiene por centro la idea de que la clase obrera "...es la base principal que sostiene el edificio social".

La formación primera de esta conciencia proletaria ha sido efecto de diversos factores, entre los que podemos mencionar: el desarrollo cuantitativo del proletariado, el proceso de desarrollo democrático-burgués, la influencia educadora de las ideologías que animaban a la clase obrera del Viejo Mundo y de las luchas que ella sostenía, y la actividad de las sociedades mutualistas.

a) Desarrollo cuantitativo del proletariado. En páginas anteriores hemos indicado que alrededor de 1875, la clase obrera chilena constaba de unos 100. 000 trabajadores más o menos. Esto significa que este grupo social representaba un mínimo de 250.000 personas es decir, aproximadamente el 10% de la población total del país.

Pues bien, el incremento de las filas proletarias aunque neutralizado un poco por su dispersión, actuó para que en los trabajadores fuera despertándose un sentido de clase más o menos definido. En su convivencia cotidiana, tanto en los sitios de trabajo como en los barrios populares, los obreros se reconocían iguales entre sí por el género de vida que llevaban, por los problemas comunes que sobre ellos gravitaban y por la explotación que sufrían. A medida que crecía, pudo el proletariado identificarse como una clase social poseedora de comunes atributos y diferente de todas las demás clases. Con esta actitud mental, un tanto vaga pero efectiva, quedaba preparado el terreno para que otras fuerzas actuantes en la sociedad chilena coadyuvaran para que el proletariado fuera adquiriendo una más clara conciencia.

b) El movimiento democrático-burgués. Nos hemos referido ya al desarrollo del movimiento democrático-burgués en Chile durante el siglo XIX. El, incuestionablemente repercutió sobre la clase trabajadora. La Sociedad de la Igualdad y las instituciones análogas organizadas en diversos puntos del país con posterioridad a 1850, fueron una eficaz escuela para los trabajadores. Sus asambleas y concentraciones públicas, los cursos para adultos que en ellas se dictaban, la publicación de periódicos y folletos, al exaltar los conceptos básicos de la democracia liberal y al establecer que "...el Gobierno es un asunto del pueblo... y no el negocio exclusivo de unos cuantos..." (25), permitieron a los trabajadores abrir los ojos frente a lo que acontecía a su alrededor, iniciar su participación en la vida política, elevar su nivel cultural y darse cuenta que en una democracia el pueblo, además de poseer ciertos derechos indiscutibles, está llamado a desempeñar un papel de primera importancia.

La prédica de los elementos demócrata-burgueses sirvió, pues, para que la incipiente clase obrera enriqueciera su conciencia de clase, tomara confianza en su fuerza y en sus posibilidades, y adquiriera una noción más o menos definida de su importancia. La positiva actuación que en este sentido cupo a algunos liberales avanzados como Francisco Bilbao y otros, hizo que sus nombres arraigaran muy profundamente entre los trabajadores, y ha permitido que aun hoy se les considere precursores de los grandes movimientos populares que ha habido en el país.

c) Influencia de nuevas ideologías. El movimiento ideológico que se produjo en Europa en la primera mitad del siglo XIX y que estuvo orientado a la crítica de las condiciones sociales en que se hallaban las clases trabajadoras como consecuencia del advenimiento del régimen capitalista, comenzó a hacerse sentir en nuestro país a partir de 1840 más o menos.

Es así como ya el año 1844 fue publicado en Concepción, por la Imprenta del Instituto, El Libro del Pueblo escrito por Lamennais (26).

El Libro del Pueblo contiene un rudo ataque a las desigualdades sociales existentes y, sobre todo, es una protesta en contra de la miseria en que están sumidas las clases laboriosas. Sus páginas, escritas apasionadamente, expresan entrañable cariño por los trabajadores, justa valoración de los beneficios engendrados por sus sacrificios, angustias por los sufrimientos que padecen, y esperanza en la liberación de los pueblos. Uno de los párrafos más significativos de esta obra dice:

"...En todos los países, todos aquellos que sudan y padecen por producir y propagar los productos, todos aquellos cuya acción redunda en beneficio de la comunidad entera, las clases más útiles a su bienestar, las más indispensables a su conservación, constituyen el pueblo. Dejando aparte un corto número de privilegiados sumidos exclusivamente en los goces, el pueblo es el género humano.

"Sin el pueblo no puede haber ninguna prosperidad, ningún progreso, ninguna vida, porque no hay vida sin trabajo, y el trabajo es en todas partes la suerte del pueblo.

"Si él desapareciera de repente, qué sería de la sociedad? La sociedad desaparecería con él, y sólo quedarían algunos ralos individuos dispersados sobre la faz de la tierra, que entonces tendrían que cultivar por fuerza con sus propias manos. Para vivir, tendrían inmediatamente que hacerse pueblo.

"Ahora bien, en una sociedad casi únicamente compuesta del pueblo, y que no subsiste más que por el pueblo, cuál es la condición del pueblo? qué hace ella por él?

"Condénale a luchar sin darle un momento de tregua contra una infinidad de obstáculos de toda especie que opone al mejoramiento de su suerte y al alivio de sus males; déjale apenas una pequeñísima porción del fruto de sus tareas, le trata como el labrador trata a su caballo y a su buey, y muchas veces no tan bien; créale bajo diversos nombres una servidumbre sin término y una miseria sin esperanza" (27).

No estamos en condiciones de medir la magnitud de la influencia ejercida por este y otros escritos de Lamennais en Chile. Pero sí sabemos que produjo algunos efectos; entre otros, alentó a jóvenes de extracción burguesa para que se aproximaran a las clases trabajadoras y lucharan junto con ellas por reformar la sociedad chilena abriendo paso a la revolución democrático-burguesa. El caso más notable de estos jóvenes fue Francisco Bilbao, quien estuvo tan influenciado por Lamennais, que llegó a considerarse un discípulo suyo. Además de esto, es indudable que el pensamiento crítico de Lamennais cayó en el alma colectiva como una tenue capa de arena que unida a otras, contribuyó a formar esa estratificación espiritual que fue la conciencia de clase del proletariado.

El año 1849, la Imprenta Europea de Valparaíso publicó otro folleto interesante. Se titula El Socialismo. Derecho al Trabajo. Su autor fue el socialista utópico francés Luis Blanc. Es altamente significativa la publicación de esta obra. Ella indica que justo después de las revoluciones europeas de 1848, en las que por primera vez afloraron las tendencias socialistas, hubo en Chile interés por leer y, por consiguiente, publicar obras que dieran a conocer esas tendencias. Tal vez este folleto es el primero de esta índole que se publicó en el país (28).

El folleto de Luis Blanc, escrito en un tono altamente polémico, sintetiza algunas de las ideas de los socialistas utópicos de su época. Parte de una premisa fundamental: la sociedad capitalista está corrompida y enferma; por eso los socialistas, penetrando en la ley de "...las transformaciones sociales del pasado, para saber si la civilización no tenía todavía un paso que dar; y recordando que los hombres del pueblo habían cesado de ser esclavos, luego después de ser siervos, se preguntaban, movidos por una esperanza generosa, si los hombres del pueblo no cesarían algún día de ser proletarios, no siendo el proletario otra cosa que la última forma de la esclavitud" (29).

Luego entra a analizar la estructura económica dominante, a la que responsabiliza de todos los trastornos sociales y, en especial, de los padecimientos de las clases asalariadas. Dentro del régimen que impugna, Blanc señala como uno de sus más graves aspectos la desigual distribución de la riqueza, que origina la profunda desigualdad social. Unos pocos individuos ejercen dominio sobre los medios de producción y viven en la abundancia; mientras tanto la inmensa mayoría de la población es despojada y sufre toda clase de privaciones.

Los escasos poseedores escudan su calidad de tales en el derecho de propiedad, el que Blanc considera inherente a la naturaleza humana y base de toda ordenación jurídica. Reconoce que la forma como está establecido es defectuosa; la propiedad no emana del trabajo de los poseedores, sino del abusivo aprovechamiento del trabajo ajeno, por lo que quienes verdaderamente trabajan carecen de propiedad.

Se hace entonces imprescindible una reforma social que coloque la propiedad sobre otras bases. "No se trata -dice- de negar ese derecho en perjuicio de algunos, se trata de confirmarlo en provecho de todos" (30). Esta es, justamente, la finalidad que le atribuyen al socialismo: llamar a todos los hombres a gozar del derecho de propiedad. "Y el modo de conseguirlo es el establecimiento de instituciones sociales que tiendan a generalizar más y más el uso de los instrumentos de trabajo, el medio de conseguirlo es substituir al régimen actual, fundado en el individualismo, un régimen fundado en la asociación. No más asalariados. En lugar de éstos haya asociados" (31). Con esta reforma, en cuya realización asigna Blanc al Estado un papel de primer orden, cree que se podrá entronizar la armonía en la vida económica; más aun, alienta la ilusión de que con ella desaparecerán las diferencias entre ricos y pobres.

Además de las reformas en el régimen de la propiedad, estima Blanc necesario establecer el derecho al trabajo. Con ello cada persona tiene asegurada una actividad productiva que le permite la obtención de los medios para vivir.

El folleto de Blanc alcanzó en nuestro país considerable difusión, según parece; tanto es así, que se le reprodujo íntegro en algunos periódicos de Santiago. Si bien esta obra expone un conjunto de ideas alejadas de las doctrinas socialistas propiamente tales, tuvieron -sin embargo- considerable importancia en nuestro ambiente; dio a conocer conceptos totalmente desconocidos e incluso inimaginados.

Aparte de los trabajos de Lamennais y de Blanc, a mediados del siglo XIX se empezó a adquirir en Chile un conocimiento relativamente amplio de la literatura socialista de la época. Revisando algunos catálogos de librerías que existían en Santiago y Valparaíso, hemos encontrado ofreciéndose al público los siguientes títulos:

Librería de Cueto y Hermanos (Catálogo sin fecha, pero se le puede suponer del año 1850 más o menos):

Librería de Morel y Valdés (Catálogo del año 1854):

Librería R. Morel (Catálogo del año 1857):

Librería del Mercurio de S. Tornero y Cía. (Catálogo del año 1858):

Librería de Izarn (Catálogo del año 1858):

Librería de Emilio Andois. (Catálogo sin fecha, pero se le puede suponer publicado entre 1855 y 1860):

Librería Española de Pedro Yuste (Catálogo del año 1865):

Seguramente no fueron éstas las únicas obras socialistas conocidas en el país. Hay evidencia, por ejemplo, de que fueron conocidos los trabajos del inglés Robert Owen (33).

Los títulos y autores que hemos encontrado son de extraordinario interés. Ellos revelan que a principios de la segunda mitad del siglo pasado, tuvo en el país alguna difusión del pensamiento socialista europeo; y no sólo el socialismo utópico, sino que también el marxismo en sus comienzos. Es, en efecto, altamente significativo el hecho de que en 1854 hubiera estado en venta, por primera vez en Chile, una obra de Carlos Marx, el genial creador del socialismo científico.

Resulta casi innecesario subrayar la enorme trascendencia que tuvo en el desenvolvimiento ideológico de nuestras clases trabajadoras la presencia de las obras señaladas. A pesar de que el número de sus lectores debe haber sido pequeño, y probablemente muchos de ellos no fueron proletarios, de todas maneras estas obras introdujeron ideas que, al gravitar sobre el pensamiento y al inspirar la acción de unos pocos, fueron indirectamente asimiladas por grupos más amplios. Y así entonces, gracias a ellas, la incipiente conciencia de clase del proletariado fue ganando firmeza, profundidad y, a la vez, se fue haciendo más clara.

Llama la atención que entre los autores que con más frecuencia aparecen en los catálogos antes mencionados, se destaque Proudhon; a él también se dedica una parte apreciable del Análisis del Socialismo. Esta manifiesta preferencia por Proudhon en Chile tiene diversas explicaciones, entre las cuales podemos mencionar la gran influencia que en nuestro ambiente cultural y político ejercía lo francés, el enorme prestigio internacional de que gozaba Proudhon, y la condición burguesa y artesanal que poseían en Chile quienes alentaban las ideas de reforma social; en nuestro país, lo mismo que en Francia, las ideas de Proudhon encontraban simpática acogida sobre todo entre pequeño-burgueses y artesanos. La popularidad alcanzada por las doctrinas de Proudhon explica el hecho de que ellas hubieran informado las primeras organizaciones de trabajadores que hubo en el país, es decir, las sociedades de socorros mutuos.

Las nuevas ideas también alentaron en Chile la producción de algunas obras de crítica social, y la realización de un curioso y olvidado ensayo de organización de un falansterio en Chillan alrededor del año 1868. Por fin, estas mismas ideas sirvieron de fundamento teórico a las primeras formas de agrupación adoptadas por los trabajadores chilenos.

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En febrero de 1858 se publicó en Santiago un notable trabajo titulado El Cristianismo Político o Reflexiones sobre el Hombre y las Sociedades. Su autor era Martín Palma (34).

La obra de Palma es, a nuestro juicio, la primera en su género producida en el país. Participa plenamente de todos los caracteres esenciales que poseen las obras de los socialistas utópicos europeos (35). Por este motivo, estimamos de importancia hacer una breve reseña de sus aspectos sobresalientes.

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Expone Palma:

A pesar de las enormes y concretas posibilidades existentes, que pueden conducir al hombre hacia la felicidad, es un hecho que vivimos un mundo aquejado de males, injusticias y miserias de toda índole y la mayor parte de nuestros semejantes está condenada a sufrir inevitables desgracias. En medio del mayor desconcierto y de grandes tragedias, "...el hombre vacila sin encontrar asidero seguro, un punto de apoyo, una mira cierta que lo lleve a la felicidad que ambiciona" (36). Lo más desalentador es que con el tiempo no se ha remediado nada. Los males de hoy son la proyección de los que sufrieron los hombres en el pasado. "Las sociedades se han sucedido encontrándonos siempre en el mismo punto de partida. Los pueblos han experimentado diversos sistemas, revoluciones infinitas los han trastornado y a pesar de esto, no hemos arrancado aun esa experiencia que pueda servirnos de brújula en nuestra carrera" (37). Aun movimientos tan promisorios como la Revolución Francesa, fracasaron en la misión de establecer el imperio de la libertad y la felicidad, pues no fueron capaces de remover las causas que obstaculizaban su establecimiento.

La sociedad está profundamente dividida entre ricos y pobres. "Todavía tenemos el amo que manda con una autoridad despótica, y el siervo que ejecuta con la obediencia pasiva del esclavo... Frente a la arrogancia, la abyección servil; frente al hombre harto, el cadáver de la necesidad y del hambre; frente al ocio abundante y feliz, el trabajo incesante y el sufrimiento continuo; frente a quienes ocupan las altas posiciones sociales, el hombre modesto, el pueblo carente de derechos" (38).

El pobre, sujeto al yugo de la necesidad, está "...sepultado en el fango de la miseria, condenado a tener apenas con que satisfacer malamente el hambre, sin alcanzarle su ganancia diaria para cubrir su desnudez, que no ve en torno de sí sino abyección, vicios, errores, preocupaciones, que le es imposible salir de ese lodo inmundo porque la miseria lo empuja..." (39) De este modo se perpetúan las diferencias sociales, ya que se produce una verdadera inferiorización de las clases trabajadoras; "...al proletario no le es dado tener inteligencia, no le es dado tener libertad, no le es dado poseer una conciencia justa de sí mismo; el proletario es preciso que muera... Sin embargo, no faltan hipócritas o ilusos que nos digan: el proletario tiene su libertad, nadie le impide que se forme y crezca, abierto le está el camino y los escalones del poder se encuentran a su alcance; pero esto no es más que una mentira audaz y de cuya falsedad el mundo entero es testigo. Echad una ojeada rápida pero imparcial sobre la tierra. Ved los males y las miserias que aquejan por todas partes a esa porción oprimida, y responded si el pobre es libre. No, mil veces no..." (40)

La diferencia de clases y de condiciones, la desigualdad que existe, surgió "...cuando el hombre pasó la valla trazada por la naturaleza, cuando hizo servir en provecho propio los esfuerzos ajenos... miles de hombres trabajaron para uno solo y la miseria de esa multitud dio brillo aparente a unos pocos..." (41) Con ello se vició el corazón humano, se introdujo el error en el espíritu y el egoísmo en los sentimientos. Y así se labró la desgracia de la humanidad, desgracia que radica "...en un error de nuestra inteligencia; está en no haber sabido comprender nuestros verdaderos intereses: en haber querido obtener nuestra felicidad con perjuicio ajeno..." (42). Nuestros errores y las desgracias por ellos engendradas han sido institucionalizados. Sobre ellos se han construido todos los elementos de nuestra sociedad. El derecho ha legitimado la fuerza, la injusticia, la opresión y el privilegio; el derecho ha consagrado la explotación, el egoísmo, la miseria. Las instituciones sociales y las leyes son, por esto, defectuosas, profundamente defectuosas. De ahí que hayan llegado a ser verdadero manantial de nuevos males.

La propiedad. He aquí una nefasta institución. "Quién creerá que los bienes esparcidos sobre la tierra sean el patrimonio exclusivo de unos pocos, que sea justo que la mayor parte carezca de ellos? Quién puede ver en esto la equidad divina? En vano, para sancionar este derecho nos dicen que Dios así lo ha ordenado; en vano para probarlo se empeñan en traer el ejemplo de la historia, porque lo primero como lo segundo es falso..." (43) La concentración de la riqueza en manos de unos pocos origina muchos daños; debido a ello, las clases desposeídas son lanzadas a la miseria, a la ignorancia, al vicio, a la degradación. "Nada se le da al pobre, todo se le quita: gime en la miseria y paga; está sepultado en la ignorancia y paga por la civilización de que no goza; vive en la desnudez e indigencia y paga por el sostén de la propiedad; yace en el abandono y paga por el mantenimiento de los jueces y de la autoridad. No es por ventura esto llevar la injusticia hasta el último grado? No es exigir del hombre una indemnización por bienes que no ha recibido?" (44) Mientras el pobre carece de todo y debe sacrificar dignidad, virtudes y pensamientos para comer, unos pocos detentan la propiedad, nadan en la abundancia y gozan del poder que la posesión de bienes confiere.

La propiedad en su estado actual es la negación de la propiedad; para que unos pocos posean, es necesario que la gran mayoría carezca de posesiones. La propiedad de un reducido número implica el despojo de la mayoría, el robo del trabajo, la usurpación del hombre. Por este motivo es que la propiedad, tal como hoy existe, "...no es otra cosa que el bandalaje autorizado por la ley, el robo sancionado por la fuerza, legitimado por la ignorancia, conservado por un mal entendido egoísmo, apoyado por la costumbre y por la insuficiencia de nuestros conocimientos, como igualmente por lo erróneo de los sistemas con que hemos buscado los medios de ser felices..." (45)

"Las sumas acumuladas por el poderoso, son el sudor de sangre vertido por los poros del proletariado. Sus placeres y despotismo son las lágrimas y la humillación del trabajador. La propiedad y el capital imponen la ley y hacen a la humildad el sitio por hambre; y esa propiedad y ese capital, qué otra cosa es sino la acumulación del sudor humano convertido en oro, transformado en despotismo para unos, en miseria y humillación para otros? (46)

"Cuando vemos a un hacendado, a un comerciante, a un capitalista apropiarse de todos los beneficios de los brazos que emplea, sacar para sí toda la riqueza, no dejando a los otros más que escasamente el medio de no morirse de hambre, no es a nuestro juicio otra cosa que un ladrón de lo que hay más sagrado en el mundo, la propiedad, un estafador del trabajo del hombre... Y lo que es más raro en todo esto es que el rico no se contenta tan solo con el despojo, sino que añade a él insulto, el proletario está obligado a rendirle toda clase de consideraciones, y después de haberse hecho robar, es preciso que esté agradecido de su ladrón..." (47)

El régimen de propiedad imperante es el punto de partida de todos nuestros errores, de todas las desgracias y del atraso humano. "Si somos ignorantes, si la ciencia está todavía en su cuna, si las guerras han destrozado la humanidad... es porque hemos ahogado el poder del hombre; es porque la propiedad ha muerto, para el progreso, la inteligencia del mayor número; porque ese mayor número es el pobre que tiene hambre; que no puede instruirse, porque la propiedad le ha quitado los medios; porque convertida en una cadena de miseria, lo sujeta por la necesidad". (48)

Del régimen de propiedad emana también la desigualdad social, y de ésta, la carencia de verdadera libertad para la gran mayoría. El imperio de la libertad supone destruir la "...tiranía de las preocupaciones, la tiranía de la nobleza, la tiranía del privilegio, la tiranía de la religión, la tiranía del capitalista, la tiranía de la miseria, en fin, que encadena al hombre a su despecho obstruyéndole el paso con una barrera insuperable.

"Veamos: cómo puede considerarse libre el hombre cuya falta de conocimientos le impide juzgar quedando a la merced del que primero quiera conducirlo?: esto sería la libertad del bruto.

"Cómo puede considerarse libre el que ve sobre su cabeza una clase superior a quien se le manda acatar y obedecer?

"Cómo puede considerarse libre el que ve que los dones e inmunidades son el patrimonio de unos cuantos, y que a él no le es dado obtenerlos?

"Cómo puede considerarse libre aquel a quien se le quita la facultad de pensar bajo el pretexto de una autoridad celestial?

"Cómo puede considerarse libre al trabajador que está en todo y por todo sujeto a la buena o mala voluntad del rico?

"Cómo puede considerarse libre al inquilino sobre quien pesa la autoridad despótica del propietario?

"Cómo puede considerarse libre, en fin, aquel a quien aqueja la desnudez y el hambre?" (49)

A pesar de los progresos de la ciencia y de la industria, que nos hace pensar que estamos en el apogeo de la civilización, la verdad es que estamos muy lejos de una convivencia medianamente perfecta. La libertad de que se habla no es sino una ridícula parodia mientras exista la dependencia de los pobres; por el mismo motivo, la igualdad es una palabra vana que sólo encubre mentira, toda vez que no son iguales el rico y el pobre; la fraternidad será ilusoria mientras domine el egoísmo, "...mientras el progreso del hombre se haga consistir en la ruina del hombre, mientras que para vivir tenga que alimentarse de la sangre de su semejante..." (50)

Otra prueba de que nos hallamos distantes de una convivencia normal es la incapacidad para asegurar una existencia pacífica entre los pueblos. "Porque, qué querrían decir entonces todos esos preparativos de destrucción y muerte de que estamos rodeados? Qué significarían esas bayonetas y cañones que se amenazan recíprocamente y que al mismo tiempo ostentamos con orgullo? Prueban acaso el adelanto o el atraso del hombre? Son muestras de civilización o de barbarie, de paz y fraternidad o de odio y venganza?" (51) Las naciones han puesto su atención antes que en nada, "...en el descubrimiento de proyectiles horribles, de máquinas infernales que pudieran destruir si posible fuera, todo un ejército, todo un imperio... La sangre del hombre ha corrido a torrentes, obteniendo en cambio dolor y lágrimas, luto y desesperación... Y pretendemos llamarnos ilustrados!... Reflexionad por un momento en qué grado de civilización, de ciencia, de progreso no nos encontraríamos si hubiésemos empleado en nuestro adelanto la fuerza que hemos invertido en nuestro atraso y en nuestra muerte!" (52).

Por otra parte, nuestros sistemas gubernativos son opuestos a la razón universal. Reflejan la defectuosa estructura social y lejos de actuar en beneficio de los pueblos, "...sólo representan la servidumbre humana, porque son la encarnación viva del despotismo..." (53). "Emperadores, reyes, presidentes, papas y sacerdotes, todo debe caer ante la felicidad del mundo, porque los primeros son causa de la degradación física, y los segundos de la degradación moral; los primeros se apoyan en la fuerza, los segundos en la ignorancia; los unos esclavizan por la violencia, los otros por el sofisma y la mentira; y ambos, por último, fraternizan y se juntan para consolidar su poder y para que nunca salgamos del intrincado laberinto en que nos ha hundido ese doble engaño. La regeneración del hombre es incompatible mientras exista la delegación del poder de esas individualidades, es decir, mientras no rompa con sus antiguas tradiciones, mientras conserva esa dependencia que lo ha hecho perder su calidad de ser pensante y libre (54).

Tan arraigados aparecen los males que afectan a la humanidad, tan graves los problemas que enfrenta y tan estériles los esfuerzos para resolverlos, que muchos han llegado a sostener que la felicidad no puede existir en la tierra; "así se consiguió obtener una especie de conformidad dolorosa, y la resignación vino a ser el más eficaz remedio para la humanidad; pero esta resignación es un paliativo, es el opio que calma..." (55) Al lado de esta actitud, que tiene sus principales reductos en las religiones, está la de quienes se empeñan en afirmar que el estado actual de cosas es el mejor que se puede esperar; que es utópico y hasta subversivo pretender modificarlo y que, en última instancia, bien poco se lograría con alguna reforma, porque ella iría en contra de la naturaleza misma del hombre que encuentra su mejor ambiente en la sociedad actual.

Estas dos posiciones expresan un mismo y fundamental criterio de carácter conservador: hay que aceptar el orden vigente, tener conformidad y no intentar reformas que pueden resultar tan vanas como dolorosas. Lo mejor es acatar los designios de seres superiores al hombre, quienes han fijado la ordenación que impera en las sociedades humanas.

Contra estos criterios, sin embargo, hay que reaccionar; no es posible que la humanidad siga sufriendo indefinidamente. Es preciso realizar "...un principio creído hasta ahora ilusorio: la felicidad del hombre en este mundo. Queremos encontrar el bien de cada uno en el de todos y el de todos en el de cada uno" (56). Restablecer el equilibrio entre los componentes de la sociedad, la armonía entre los hombres es la tarea que deben proponerse los pensadores. Para lograr esto será preciso que desaparezca el estado actual de cosas.

Existen dos bases importantes para restablecer la armonía social. Una de ellas es el anhelo de todos los hombres por alcanzar y gozar la libertad. Por otra parte, el pensamiento de los hombres tiende a "...una mira común, la felicidad. Las diferentes acciones del hombre, sus diversos sistemas y hasta los más extravagantes caprichos no salen de ese radio" (57). La felicidad está, pues, en íntima conexión con la independencia del hombre y no podrá ser conseguida aquella, sin haberse alcanzado primero ésta.

Los pueblos están despertando; los hombres piden nuevos derechos, reclaman su liberación. Un fuego subterráneo anima a las masas. Ese "...elemento desorganizador ahora y regenerador en el futuro, es un pensamiento, es la idea de independencia que brota en los individuos que pasará en breve a las naciones y que se generalizará en la humanidad" (58). El hombre quiere la destrucción del cuadro de tragedias a que lo han conducido sus errores, sus sistemas y sus instituciones; quiere destruir las leyes opresivas y egoístas que lo rigen; quiere la armonía social, con lo cual llegará el reinado de la fraternidad, y la felicidad dejará de ser utopía. Estos anhelos de reforma, si bien vigorosos, han de realizarse por métodos pacíficos, educando a la gente, sacándola del error e induciéndola a actuar bien. "Nuestro bienestar, nuestra tranquilidad y nuestra dicha presente y futura, no se obtiene con sangre. El amor, la paz, la mansedumbre, la persuasión son las solas que podrán darnos el bien moral y físico de que somos susceptibles, las solas que nos saquen de nuestros errores... Fuera de estos medios, no encontraremos jamás la senda que nos conduzca al bien: sin ellos es imposible modificar nuestras costumbres y hacer del hombre un ser distinto de lo que actualmente es" (59).

Mediante tales procedimientos persuasivos, será posible establecer prácticamente la Providencia en la tierra, será posible que funcione la Providencia Social. Con ella la miseria será aniquilada ya que cada hombre dispondrá de los medios para satisfacer sus necesidades; desaparecerán las desigualdades; a todos los hombres se reconocerán derechos reales y efectivos y podrán desarrollar sus facultades libremente, porque tendrán medios para hacerlo; terminará la explotación del hombre por el hombre y el egoísmo, pues la convivencia social estará fundada en el principio de que el bien general hace el nuestro y éste no puede ser completo mientras exista el mal de algunos. Nadie se enriquecerá a expensas de otros; la propiedad será despojada de todo lo que implica abuso y de todo lo que tiene de injusto. El individualismo será substituido por una especie de comunidad solidaria, de protección mutua, de asociación o reunión de fuerzas individuales. En suma, se crearán todos los elementos para mejorar la condición humana, permitiéndole gozar la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Por otra parte, existirá la democracia absoluta mediante la entronización del gobierno directo del pueblo y el funcionamiento de cámaras permanentes generadas por sufragio universal. Nuevas instituciones reemplazarán a las existentes y a ellas les corresponderá hacer del cuerpo social una unidad de fuerza y libertad, de amor y de inteligencia.

Finalmente, la paz entre los pueblos se asegurará mediante la abolición de las fronteras nacionales y la unificación de todas las naciones en un solo gran conglomerado: la humanidad.

"Los principios que tan ligeramente hemos desenvuelto se dirigen a encontrar el bien de todos, y pop una consecuencia natural, se halla envuelto el bien del Estado, porque la felicidad de los individuos implica la de las naciones; así es que las ventajas que alcanzaríamos serían a nuestro modo de ver inmensas: tendríamos perfectibilidad en nuestro sistema, simplificación de nuestras leyes, igualdad de nuestros derechos, providencia para la humanidad, abolición de la esclavitud y la pobreza, independencia entre los individuos, libertad en la acción y en el pensamiento, tolerancia en las opiniones, producción por la facilidad del trabajo, abundancia en nuestros mercados, desarrollo progresivo de la industria, movilización en los valores, aumento en la población, seguridad y adelanto en nuestro comercio, tranquilidad en nuestro territorio, imposibilidad de un ataque extranjero, porque tendríamos paz y fraternidad para todos los hombres, porque les abriríamos las puertas sin restricciones, porque protegeríamos sus intereses al mirar por los nuestros" (60).

La obra reseñada anteriormente muestra parte de la influencia que en nuestro ambiente tuvo el socialismo utópico. En efecto, en las páginas escritas por Palma, se percibe en toda su integridad una síntesis bien lograda del pensamiento de Owen, de Blanc, de Proudhon y de otros autores utopistas. Justamente éste es uno de los méritos de Palma; gracias a él, capas más amplias de la sociedad chilena pudieron captar vivamente el contenido de las doctrinas utopistas despertando su espíritu crítico y alentándolas a buscar allí solución a los problemas que les inquietaban. En una palabra: si bien el trabajo de Palma posee escaso valor en cuanto a originalidad del pensamiento expuesto, tuvo, sin embargo, gran importancia como vehículo de difusión, como medio que puso al alcance de muchos un valioso y sugerente conjunto de ideas.

Allá por 1870 o 1872, un profesor primario, Zenón Martínez y Toro, que dirigía una escuela en Copiapó, escribió un trabajo en dos volúmenes titulado República y Socialismo. Desgraciadamente tal obra, llena de simpatía por las nuevas corrientes ideológicas y también de afecto por las clases populares y por sus luchas, no fue publicada. De todas maneras su autor, hombre inquieto y de gran sensibilidad, dio a conocer sus doctrinas entre la gente con que mantuvo contacto (61).

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Una curiosa e interesante repercusión del utopismo en nuestro país fue el ensayo de organizar un falansterio que llevó a cabo Ramón Picarte Mujica en Chillan alrededor de los años 1866 a 1868.

Picarte fue un sobresaliente hombre de estudios. Viajó a Francia a fines de 1859; presentó a la Academia de Ciencias de París trabajos de matemáticas, algunos de los cuales fueron publicados. De regreso a Chile, en 1862, obtuvo el título de ingeniero e ingresó a la docencia en la Universidad de Chile, donde sirvió una cátedra en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas; al incorporarse a esta Facultad, en octubre de 1862, disertó sobre la "Importancia de la Institución de Seguros de la Vida y proyectos sobre el particular que son susceptibles de establecerse en Chile" (62). El año 1865 se graduó de abogado y su memoria para lograr este título versó sobre "Algunas consideraciones para el estudio de las cuestiones sobre bancos de emisión, con notas relativas a la ley del 23 de julio de 1860 que nos rige sobre esta materia" (63).

Pero Picarte no sólo fue un estudioso de las ciencias. Su aguda inquietud por los problemas sociales lo llevó a tomar contacto con las doctrinas socialistas, llegando a familiarizarse con ellas, especialmente con las de Fourier. Además de haber incrementado su acervo ideológico, hizo estudios prácticos entre los obreros mismos sobre diversos tipos de organizaciones de trabajadores, de preferencia aquellas que funcionaban inspiradas en los ideales utopistas de Proudhon.

En Chile trató de realizar las ideas que con tanto fervor había asimilado en Francia. Es así como empezó una activa propaganda en favor de cooperativas de producción organizadas por obreros y artesanos. Logró, en 1863, constituir una sociedad de sastres y otra de zapateros, que llegaron a instalar sus talleres y almacenes de venta en una calle céntrica de Santiago. "El Mercurio" aplaudió editorialmente estas iniciativas en un artículo titulado Las asociaciones obreras en Santiago, uno de cuyos párrafos decía: "Es un axioma de economía política que todo capital es una tiranía y que todo capitalista es un explotador. He aquí, por consiguiente, la sencilla explicación de la conducta de los dueños de fábrica y talleres" (64).

En 1864 Picarte concibió un plan más ambicioso: constituir una vasta organización que fuera cooperativa de consumo y producción, sociedad de socorros mutuos, caja de ahorros del pueblo, etc. Su nombre sería Sociedad Trabajo para Todos. En el prospecto que hizo circular, Picarte indicaba que inicialmente la Sociedad procuraría alimentos sanos y baratos suprimiendo los intermediarios en las compras, trataría de reducir los gastos de habitación mediante el arrendamiento por la Sociedad de varias propiedades que serían subarrendadas a los socios a bajo precio; también proporcionaría trabajo a sus miembros alentándolos a que produjeran diversas clases de artículos y fomentando el intercambio de productos entre ellos. Una vez que la Sociedad proporcionara beneficios, ampliaría el radio de sus actividades, incluyendo las de socorros mutuos, ahorro, construcción de viviendas populares, etc. Para comenzar sus labores, la Sociedad Trabajo para Todos requería capitales. Picarte, al solicitarlos, indicaba que él esperaría en su oficina -situada en la Plaza de Armas, en los altos del Portal Tagle- todos los días, de 12 a 3 de la tarde, a las personas que quisieran ayudarlo a la realización de su proyecto (65).

Este propósito utopista de Picarte no prosperó; tampoco tuvieron éxito las sociedades de zapateros y de sastres; "fundadas para la producción común, languidecían y aun una de ellas estaba amenazada de disolución o ruina, no por falta alguna de los pobres asociados, sino tan sólo por carencia absoluta de capital" (66). Estos fracasos hicieron pensar a Picarte en la posibilidad de establecer una colonia utopista en el sur en donde pudiera materializar -libre de interferencias- todas sus aspiraciones.

Con tal objeto se trasladó a San Carlos en 1866, y luego a Chillan. Aquí "...procuró fundar al poniente de la capital del Ñuble, un falansterio semejante al de Fourier en Francia" (67). Carecemos en absoluto de informaciones respecto de la forma como trató de realizarse esta iniciativa; lo que sí se sabe es que fracasó Pero a pesar de ello, Picarte no perdió la fe en sus ideas. Escribió un folleto, que no hemos tenido la suerte de encontrar, en el que hace una exposición de los principios que informaban la constitución de su falansterio, de los procedimientos puestos en práctica para tal fin, y de las causas que impidieron el éxito del ensayo de Chillán.

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La exposición que hemos hecho sobre la presencia de nuevas concepciones ideológicas en nuestro país, permite sostener que desde comienzos de la segunda mitad del siglo XIX estuvo actuando un conjunto de ideas que directa e indirectamente ayudó a nuestros trabajadores a forjar su conciencia de clase. El pensamiento de Lamennais y de Luis Blanc, de Fourier y Saint Simón, de Owen y Proudhon, no sólo inspiró la obra de Martín Palma o las tentativas de Ramón Picarte; también penetró en el espíritu de innumerables obreros y de artesanos semiproletarizados. Y así, en el seno de las clases trabajadoras comenzó a hacerse crítica social, y como resultado de ella germinaron los primeros anhelos reivindicativos o, como se decía en la época, de "Regeneración social" de los asalariados. Una expresión de esta conciencia de clase que está en proceso de maduración, son los siguientes párrafos de un artículo publicado en "El Constituyente" de Copiapó el 6 de diciembre de 1864:

"En una sociedad esencialmente democrática, en una sociedad donde todos sus individuos son iguales ante la ley, donde no existen clases privilegiadas... la clase obrera no puede menos de tener una gran influencia.

"Hasta ahora esa influencia no es completamente reconocida ni se sienten sus buenos esfuerzos, en consideración a que hay varias causas poderosas que luchan desesperadamente con la idea naciente...

"Mas no importa, una vez posesionada de la conciencia de sus fuerzas, vencerá y hará trizas las vallas que se opongan a su marcha.

"Si apelamos a la estadística, se verá que los hombres que se ocupan de la industria y del trabajo, es una tercera parte de la población masculina de Chile; las otras dos terceras partes podrán dividirse entre capitalistas, comerciantes, sacerdotes y militares, siendo estas dos últimas secciones rentadas por la nación, de lo que fácilmente se deduce que la clase obrera es la más numerosa, y por consiguiente la clase social que contribuye con doble contingente al sostenimiento de la nación.

"Y por qué siendo esto así es casi nula la representación de esta clase en el cuerpo social? Es acaso por falta completa de inteligencia e instrucción? Es acaso porque deje de existir en esos individuos ese espíritu de actividad y amor al trabajo propio de los chilenos?

"No por cierto; ni lo uno ni lo otro.

"Lo que hay es una lucha; lucha sorda pero permanente que la clase que gana el pan con el sudor de su frente sostiene contra las preocupaciones y el jesuitismo; y por consiguiente con los individuos que se valen de estos medios para degradarla y envilecerla.

"Pero en esta lucha disimulada, la idea, el principio vencerán; vencerán porque a la vez que lo que se opone a su marcha son elementos caducos, y gastados, el principio de la igualdad en cuanto es necesaria para que cada uno sostenga sus derechos innegables con perfecta equidad en el pacto social, es joven y fuerte, está en toda su virilidad, y es apoyado por la ley del progreso y por la ley natural.

"Obra irrealizable parece a muchos por ahora que la clase trabajadora, los artesanos en general, puedan tener esa importancia que el sistema verdaderamente democrático les designa, por decirlo así, en una República...

"Si los hombres de trabajo y de industria quieren verse más respetados, si quieren que la clase superior (con algunas honrosas excepciones) no los mire con esa fría indiferencia cuando no con desprecio como generalmente sucede, si quieren, en una palabra, ser lo que deben ser, únanse.

"Porque en la unión está el progreso. "En la unión está la fuerza. "Y el que es fuerte es independiente". Como muy bien se señala en la última parte de los párrafos transcritos, las nuevas concepciones político-sociales unidas al despertar de la conciencia de clase que ellas produjeron, hicieron posible el surgimiento del interés por la unión de los trabajadores, lo cual fue el impulso inmediato para que se constituyeran las primeras instituciones con que la clase trabajadora contó en el país.

* * *

Justamente en la mitad del siglo pasado, el paulatino despertar de su conciencia provocó en algunos núcleos de trabajadores un marcado interés por organizarse.

Allá por 1847 aparece en Santiago una Sociedad de Artesanos acerca de la cual muy escasas noticias se poseen; probablemente su existencia fue lánguida, por lo que las huellas dejadas fueron débiles (68). Poco más tarde, algunos tipógrafos de Santiago, encabezados por Victorino Laínez y entre los cuales se contaban varios que habían participado en la Sociedad de la Igualdad, formaron, en septiembre de 1853, la Sociedad Tipográfica; dos años después, en 1855, se constituyó, en Valparaíso una institución análoga con igual nombre. Luego, en 1858, surgen la Sociedad de Artesanos de Valparaíso y la Unión de Artesanos de Santiago. En el curso del año 1861, Fermín Vivaceta, con algunos compañeros, echó las bases de la Sociedad Unión de Artesanos de Santiago, la que quedó instalada el 5 de enero de 1862. Este mismo año fue fundada la Unión de Artesanos de La Serena.

Estas primeras instituciones fueron todas de carácter mutualista. Respondían al anhelo de encontrar en el propio esfuerzo de los trabajadores una solución a los problemas económico-sociales que sobre ellos recaían; mediante la práctica del ahorro, el socorro mutuo y el cooperativismo, los trabajadores procuraban ponerse a cubierto -ellos y sus familias- de los peligros que con mayor frecuencia los amenazaban: cesantía, enfermedad, invalidez y muerte.

Los primeros pasos de estas instituciones fueron en extremo difíciles. A pesar de que no entrañaban peligro para el régimen vigente, se las miró con recelo; se entendió que eran el germen de un proceso organizativo cuyos alcances y repercusiones no se podían vislumbrar, si bien de antemano eran temidos. Por este motivo es que se opuso toda clase de dificultades a su organización. No obstante, el movimiento mutualista se intensificó de un modo tan considerable, que hacia el año 1879 existían en el país cerca de sesenta sociedades de esta clase, de las cuales alrededor de cuarenta poseían personería jurídica.

Originalmente los componentes de las sociedades de socorros mutuos fueron artesanos y otros elementos semiproletarios. Con el tiempo, otras sociedades fueron generadas más bien por obreros y aun por trabajadores de la clase media; es así como en 1873 se estableció en Valparaíso una formada por profesores primarios: La Sociedad de Socorros Mutuos entre Institutores e Institutrices y en 1876, la Sociedad de Empleados de Santiago.

Entre los promotores más entusiastas del mutualismo se puede mencionar a Fermín Vivaceta, quien desplegó una intensa actividad en Santiago y Valparaíso. Artesano dotado de gran espíritu de empresa, Vivaceta recibió dos grandes impactos ideológicos: uno fue el de Francisco Bilbao y del movimiento democrático-burgués que lo condujo a una posición liberal avanzada en el más amplio sentido de la palabra. Otro fue el socialismo utópico: tuvo oportunidad de conocer las ideas de Fourier, a quien menciona en uno de sus folletos, las de Proudhon y probablemente las de otros autores como Owen; además, mantuvo relaciones más o menos frecuentes con Ramón Picarte Mujica y seguramente a través de él su familiaridad con el pensamiento utópico fue mayor.

Las influencias mencionadas guiaron a Vivaceta en sus esfuerzos por organizar a los trabajadores. Primeramente puso el acento en las sociedades mutualistas, cuyas finalidades aceptadas eran: salvar a los socios y a sus familias de la indigencia prestándoles ayuda cuando fuera necesario, y procurar instrucción a los trabajadores, pues se estimaba que sus necesidades y problemas tenían como principal origen su bajo nivel cultural. De acuerdo con estos objetivos, estas instituciones organizaron el socorro mutuo y hacían funcionar cursos profesionales y de cultura general para los adultos, mantenían bibliotecas y realizaban actividades artísticas y de sana recreación. La actividad de Vivaceta en este sentido fue fecunda y ella encontró imitadores en todo el país.

Pero Vivaceta quiso llevar más lejos sus propósitos. Ajustándose un poco más a los principios que había llegado a sustentar, y convencido de que "...la aplicación de las doctrinas socialistas produce por doquiera los mismos benéficos resultados..." (69), se dio la tarea de impulsar "...un sistema de asociación que produzca la libertad, igualdad y fraternidad en todas las clases trabajadoras..." (70) y que también asegurara "...el triunfo del trabajo sobre la miseria.." (71) Tal sistema tendría su núcleo en las cooperativas, que no sólo eran concebidas como remedio "...para salvar de la miseria a las clases trabajadoras en épocas de extraordinarias calamidades..." (72), sino que también eran miradas como un instrumento que brindaba "...la oportunidad de establecer principios verdaderamente útiles y conducentes para perpetuar los hábitos de organización social e individual de las clases trabajadoras" (73). Su idea era que a través de las cooperativas y con la fuerza moral que ellas generan, los trabajadores rompen su aislamiento, conquistan efectiva independencia, propagan la igualdad y hacen posible y expedita la realización de la fraternidad. En resumen, las "...sociedades cooperativas ponen en práctica las tres principales condiciones del sistema político republicano, Libertad, Igualdad y Fraternidad en relación con las necesidades de la vida de los trabajadores y el bien de la humanidad y fomentando los adelantos del país en el orden civil y material" (74).

La acción de Vivaceta fue en cierta medida continuación de la realizada por Picarte en el período 1863-1865. Así como éste trató de formar en Santiago la Sociedad Trabajo para Todos, aquel ponía las bases, en 1877, de una Asociación de Trabajadores cuyo fin era "...la protección mutua entre todos los asociados, propagando la moralidad y las prácticas de pura y desinteresada fraternidad popular" (75), y que sería una vasta cooperativa de producción y de consumo, que trataría de construir viviendas para sus miembros; con sus capitales organizaría un banco popular y desempeñaría también funciones como caja de crédito prendario; proporcionaría medios para la educación y recreación de sus socios, etc. Esta iniciativa no prosperó; tuvo la misma suerte de la que intentó Picarte en 1864.

A pesar de su empuje y enorme entusiasmo, Vivaceta tuvo una gran limitación: él no creía en la lucha reivindicativa como medio para que los trabajadores pudieran conquistar algunos beneficios. El depositó su confianza sin límites primero en las sociedades de socorros mutuos y después en las cooperativas, porque para él el mutualismo y la reciprocidad de servicios eran la esencia misma de la justicia social y el medio efectivo de lograr que ésta pudiera establecerse.

Por esto es que Vivaceta fue, en cierto grado, un utopista; no vio que los males que padecían las clases laboriosas eran el resultado de una determinada conformación económico-social; tampoco pudo comprender que sus instituciones, por carecer de una orientación más amplia y combativa, sólo servían para resolver muy parcialmente los problemas que afectaban a reducidos grupos de trabajadores. El criterio de Vivaceta, muy incompleta expresión chilena del pensamiento de Proudhon y consubstancial con el espíritu de las sociedades de socorros mutuos, hizo que éstas fueran simples paliativos, muy distantes de ser efectivos remedios.

No obstante sus limitaciones, las sociedades mutualistas han tenido en la historia del movimiento obrero chileno una importancia excepcional. Fueron para los trabajadores un eficaz instrumento de educación social. En su seno los obreros ganaban confianza en sí mismos, aprendían a conocer las ventajas de la organización, llegaban a adquirir una noción razonada de sus problemas, elevaban su nivel cultural y tomaban conciencia de los derechos que debían conquistar. Más todavía: en las sociedades mutualistas se debatían problemas sociales, en sus bibliotecas figuraban obras de pensadores avanzados. En una palabra: estas instituciones fueron verdaderos seminarios para la clase obrera; en ellas se plantaba la semilla de las nuevas ideas y el despertar de la conciencia de clase, y en ellas se formaron también los primeros cuadros políticos y sindicales con que contó el proletariado.

Las proyecciones de las sociedades mutualistas explican las diversas maniobras que pusieron en juego los elementos reaccionarios y antipopulares para neutralizarlas.

El clero, por ejemplo, en estrecha concomitancia con las clases aristocráticas y con el Partido Conservador, trató de formar organizaciones paralelas de carácter clerical y sectario; entre ellas, la Sociedad de San Vicente de Paúl, la Sociedad Católica de Obreros de la Parroquia de Santa Ana, la Asociación Fraterna de la Unión del Progreso (76). Este mismo significado tuvo la Asociación Católica de Obreros creada a comienzos de 1878 por el político conservador Abdón Cifuentes y el sacerdote Rafael Ángel Jara; este organismo tenía por objeto "...la moralización, instrucción y unión de los obreros católicos..."; participaba un poco del carácter que tenían las sociedades mutualistas y las filarmónicas de obreros; en los proyectos para establecer esta institución, se contemplaba el funcionamiento de círculos de obreros que se establecerían en distintos barrios y ciudades. Inaugurada la Asociación Católica de Obreros, ella tuvo como primer presidente a Domingo Fernández Concha y como director general a Rafael Ángel Jara. El primer círculo empezó a funcionar en el barrio Yungay a fines de 1878, pero hubo de disolverse en mayo ante la indiferencia y aun la hostilidad de los trabajadores (77). Con la creación de estas instituciones clericales y a la vez conservadoras, se pretendió dividir a los trabajadores que comenzaban a organizarse, planteando un problema de conciencia o religioso que por su naturaleza misma pertenece al fuero interno de cada individuo y que no tiene por qué proyectarse en el campo de las organizaciones de trabajadores.

Por su parte, elementos de extracción burguesa se entrometieron decisivamente en las sociedades mutualistas a fin de acentuar sus limitaciones esenciales y de combatir cualquier asomo de politización de los trabajadores, en nombre de un sedicente e intencionado apoliticismo; ellos querían que los miembros de las sociedades mutualistas fueran hombres de orden, económicos, disciplinados, previsores, etc., pero castrados de todo pensamiento político o social, sobre todo si él no se inspiraba en ideologías abiertamente burguesas.

Aparte de las sociedades de socorros mutuos y de las cooperativas, hubo también algunas otras organizaciones de trabajadores que perseguían diversas finalidades. Así, en 1873 se fundó en Santiago el Club de Obreros, entidad que, según el artículo 1 de sus Estatutos, tenía por objeto "...ofrecer un punto de reunión que facilite las relaciones y comunicaciones concernientes al giro o profesión de los individuos que a él pertenezcan, y un centro para acoger y promover pensamientos y medidas útiles al país, en la esfera de la actividad social y en particular las que tiendan al desarrollo práctico de las instituciones democráticas". Según se ve, este club poseyó los caracteres de un organismo obrero con cierta orientación política.

También fueron en cierta medida organizaciones de trabajadores, ya que éstos tuvieron amplia participación en ellas, la Sociedad Unión Republicana del Pueblo, la Sociedad Escuela Republicana y la Sociedad Republicana Francisco Bilbao a que nos hemos referido en el capítulo II. Por último, existieron las sociedades filarmónicas de obreros, especie de centros culturales y recreativos que tuvieron un papel muy importante en la elevación del nivel cultural de las clases trabajadoras y en el desarrollo de su espíritu de asociación.

Todas las instituciones de trabajadores a que nos hemos referido tienen el mérito de haber sido precursoras; ellas representaron una etapa organizativa previa y preparatoria de la que habría de venir cuando el proletariado chileno alcanzara mayor madurez.


Notas

1. Ob. cit. Pág. 16.

2. Ob. cit. Pág. 8.

3. Ob. cit. Pág. 24.

4. Federico Engels: La situación de la clase obrera en Inglaterra. pág. 191.

5. Domingo F. Sarmiento. Artículo Los Mineros. Obras completas. Tomo I. Págs. 42-43.

6. José J. Vallejo: Obras completas. Pág. 143.

7. R. Hernández: "Juan Godoy o el descubrimiento de Chañarcillo". Tomo I. Pág. 69.

8. R. Hernández: "Juan Godoy o el descubrimiento de Chañarcillo". Tomo I. Pág. 67.

9. Domingo F. Sarmiento: Obras Completas. Tomo I. Pág. 44.

10. Memoria del Intendente de Concepción al Ministerio del Interior. Publicada en "El Mensajero de la Agricultura", tomo 29, Págs. 215-15. 1857.

11. Ibid.

12. Abdón Cifuentes, en sus Memorias, relata que en 1878 la crisis económica golpeó fuertemente a la clase obrera. "La clase proletaria -dice- carecía de trabajo por la paralización de las obras públicas y privadas, de modo que el pueblo padecía hambre ... El descontento público tuvo por aquellos días en Santiago manifestaciones populares subversivas que la fuerza pública apenas logró sofocar a medias". (Ob. cit., tomo II, pág. 154)

13. "El Mercurio", 17 de febrero de 1849.

14. Este proyecto represivo no terminaba aquí. Contenía disposiciones en virtud de las cuales la libertad personal del obrero, especialmente de los oficiales en los talleres artesanos, quedaba seriamente menoscabada. Así, se indicaba:

"Art. 10. Desde la publicación de la presente ley, todo obrero que trabaje en calidad de compañero u oficial, deberá estar provisto de una libreta.

"Art. 11. La libreta de que habla el artículo anterior estará en papel común, marginado y foliado y cada una de sus hojas deberá estar rubricada por el regidor decano de la respectiva Municipalidad, Intendencia o Gobierno departamental que corresponda y en ella se expresará el nombre y apellido del obrero, su edad y profesión, el lugar de su nacimiento, su filiación y el nombre del maestro o empresario de la fábrica". (Revista de Santiago, pag. 184)

15. Revista de Santiago, 1855. Pág. 185.

16. Documento anexo a la Memoria presentada por el Ministro del Interior al Congreso Nacional de 1874. Págs. 259-260.

17. Fanor Velasco: Revista de Santiago, 31 de agosto de 1872. Pág. 558.

18. Ibid. Pág. 558.

19. Daniel Feliú: El trabajo y las huelgas de obreros. Pág. 3.

20. Ibid. Pág. 17.

21. Ibid. Pág. 19.

22. Ibid. Pág. 21.

23. Ibid. Pág. 21.

24. Ibid. Pág. 24.

25. José Bernardo Suárez: Nociones elementales de gobierno republicano arregladas para uso de la clase obrera y de los alumnos de las escuelas primarias de Chile. Págs. 6 y 7. Este folleto, lo mismo que una cantidad de otros de la misma índole, estaba dedicado fundamentalmente a la clase obrera; su objetivo era darle educación política, hacerla comprender sus derechos cívicos e inducirla a participar activamente en la marcha de la República. Debe recordarse que los sectores más consecuentes de la burguesía entendieron que sin el apoyo del pueblo, la democracia sólo sería una mascarada.

26. Lamennais fue un pensador político y un crítico social francés que vivió entre 1782 y 1854. En 1811 se ordenó sacerdote, lo que contribuyó a que su filosofía social se expresara dentro de cierto marco de carácter religioso.

Influenciado por el pensamiento liberal de su época, escribió su célebre obra Palabras de un Creyente, en 1834, lo que le valió la excomunión. Continuó escribiendo fuertemente impresionado por los problemas sociales de su tiempo, acercándose a una posición francamente socialista. A raíz de la Revolución del 48, fue elegido miembro de la Asamblea Nacional. Allí su actuación fue opaca; estuvo lejos del prestigio de que gozaba.

27. Ob. cit. págs. 8 y 9.

28. Luis Blanc fue un político y teórico socialista francés. Tuvo destacada participación en la Revolución de 1848, ya que él, junto con Albert, representaron a la clase trabajadora en la Junta Provisional de Gobierno instalada a la caída de Luis Felipe. La reacción burguesa contra el movimiento popular y las contradicciones de Blanc, provocaron la sangrienta derrota del proletariado francés. Refiriéndose a esto, Lenin pudo decir: "Blanc se jactaba de haber pasado de las posiciones de la lucha clasista a las posiciones de la ilusa pequeña burguesía, disfrazándose con la palabra "socialismo", pero sirviendo de hecho al fortalecimiento de la influencia burguesa sobre el proletariado..."

Después del desastre de 1848, se exiló a Inglaterra, donde permaneció hasta 1870. Vuelto a Francia se integró a la vida política como diputado, siendo durante varios años uno de los pocos parlamentarios socialistas franceses. El pensamiento político de Blanc tuvo un carácter utopista; él derivó en gran parte de las doctrinas de Fourier y Saint Simón, aunque también recibió las influencias de los filósofos burgueses del siglo XVIII. Ideológicamente hablando, la calidad de socialista que tuvo Blanc fue muy precaria; más bien pudiera decirse que fue un pequeño-burgués radical, avanzado y nada más. No obstante estas limitaciones, la difusión de sus obras en nuestro país fue valiosa, pues ayudó a remecer el ambiente espiritual de la época presentando conceptos que eran absolutamente desconocidos.

29. Ob. cit. Pág. 6.

30. Ibid. Pág. 14.

31. Ob. cit. Pág. 14.

32. El título completo de esta obra es Análisis del Socialismo y Exposición clara, metódica e imparcial de los principales socialistas antiguos y modernos y con especialidad los de Saint Simón, Fourier, Owen, P. Leroux y Proudhon. La obra fue impresa en París el ano 1852 en la imprenta de J. Claye y Cía.; su editor fue la Librería de S. Simonot de Bogotá. Hemos tenido en nuestro poder esta obra que tiene el mérito de difundir los principios de los diversos socialistas utópicos; en su Advertencia, define al socialismo como "...el conjunto de medios que deben hacer cesar ese estado de languidez que postra y consume las naciones y la mala inteligencia que reina entre sus miembros, tanto por las equivocaciones arraigadas como por el choque de intereses. Su fin mediato es la transfiguración de la humanidad por la justicia, la belleza, la salud, la riqueza, la armonía; su fin inmediato es la extinción del pauperismo, el aumento de la riqueza..."

33. Martín Palma, en El Cristianismo Político o Reflexiones sobre el Hombre y las Sociedades, publicado el año 1858 en Santiago, hace una extensa cita de Robert Owen.

34. Martín Palma (1821-1884) fue un escritor y periodista pequeño-burgués poseedor de una ideología liberal avanzada. Sus diversas obras -entre ellas la novela Misterios del Confesionario- y sus numerosos artículos en "El Mercurio", diario del cual llegó a ser redactor en 1859, están impregnados de principios consecuentemente democrático-burgueses. Justamente en esto, más que en su calidad literaria, reside el mérito de sus trabajos.

35. Muchos burgueses, impresionados por los efectos perniciosos que producía el capitalismo y por la enorme penuria social que este régimen originaba, asumieron actitudes de crítica y bosquejaron esquemas de nuevos tipos de organización social en que todos los males, todos los sufrimientos y todas las desigualdades fueran suprimidas. Estos hombres son los socialistas utópicos. Sus nombres forman larga lista, y de ellos se pueden destacar Owen, Saint Simón, Fourier, Proudhon, etc. Los utopistas, a pesar de no haber constituido un movimiento doctrinariamente homogéneo, tienen -sin embargo- una serie de rasgos comunes, de modo que es posible señalar los siguientes caracteres del utopismo:

1. Los utopistas no son ideólogos del proletariado: son críticos del régimen capitalista que aspiraban al establecimiento de una sociedad perfecta ajustada en todos sus aspectos a los principios de la razón y de la justicia.

2. los utopistas no sólo deseaban la igualdad política v jurídica, sino lisa y llanamente la destrucción de toda diferencia de clase.

3. En general, atribuyeron los defectos de la organización social y económica a la existencia de prejuicios, al desconocimiento de la verdad, a deficiencias en el carácter de los hombres o a su inadecuada educación.

4. Por efecto de lo anterior, son optimistas respecto de las posibilidades de establecer el sistema político-social que conciben. Para ello bastaría con la construcción del esquema de la sociedad perfecta y luego, mediante la educación y la propaganda, se podría convencer a todos de la bondad del sistema. Por consiguiente, se podría lograr la reforma social a través de la persuasión, el convencimiento y el acuerdo. Los utopistas rechazan cualquier clase de medios violentos para materializar sus aspiraciones.

5. Creen que es posible avanzar en la realización de la reforma social, partiendo de la realidad actual. De este modo, las cooperativas de producción y de consumo, el socorro mutuo, etc., junto con resolver problemas inmediatos, educan a la gente en la práctica de la solidaridad, con lo cual se crean posibilidades para un régimen futuro más justo y más humano.

6. No obstante lo anterior, los utopistas están de acuerdo en que es preciso reemplazar totalmente la estructura económico-social vigente, ya que ella descansa sobre bases erróneas muy difíciles de corregir.

7. Entre las instituciones sociales que con mayor fuerza critican, está la propiedad privada sobre los medios de producción. Aunque sin atacar el derecho "de propiedad, "creen que él debe tener otros fundamentos y la propiedad debe presentar otros caracteres que aseguren su efectivo goce por todos los hombres y no sólo por unos pocos poseedores. Por este motivo, se muestran partidarios de una especie de solidaridad o asociación de individuos, cada uno de los cuales tiene derecho de propiedad, pero que trabajan en común y los frutos de la producción son también, en alguna medida, de beneficio colectivo.

A pesar de sus evidentes limitaciones, el socialismo utópico tiene el valor de ser un elemento precursor de los grandes movimientos que en el curso de la época contemporánea se han producido contra el capitalismo. Sin embargo, cuando las luchas proletarias han llegado a cierto límite, el utopismo ha actuado como freno de ellas. Al señalar objetivos evidentemente falsos y procedimientos erróneos, ha confundido a sectores proletarios más o menos amplios y los ha hecho actuar, en última instancia, en contra de sus intereses de clase y en contra del sentido legítimamente revolucionario que implican las luchas del proletariado.

36. ob. cit. pág. 2.

37. Ibid. pág. 2

38. ob. cit. pág. 2

39. Ibid. Págs. 10 y 11

40. Ibid. Pág. 12

41. Ibid. Pág. 25

42. Ob. cit. Pág. 26.

43. Ibid. Pág. 29.

44. Ibid. Pág. 41.

45. Ob. cit. Pág. 111.

46. Ibid. Pág. 110.

47. Ibid. Págs. 111-112

48. Ob. cit. Pág. 112.

49. Ob. cit. Pág. 9.

50. ibid. Pág. 13.

51. Ibid. Pág. 30.

52. Ibid. Pág. 31

53. Ob. cit. Pág. 33

54. Ibid. Págs. 33 y 34.

55. Ibid. Pág. 16.

56. Ob. cit. Pág. 16.

57. Ibid. Pág. 3.

58. Ob. cit. Págs. 22 y 23.

59. Ibid. Págs. 95-96.

60. Ob. cit. Pág. 124.

61. Las breves noticias transcritas sobre Zenón Martínez las hemos extraído del Diccionario Biográfico de Pedro Pablo Figueroa, tomo II, pág. 271. Hasta ahora han resultado infructuosos nuestros esfuerzos parar encontrar nuevas informaciones sobre Martínez y su pensamiento.

62. Anales de la Universidad de Chile. Octubre de 1862. Pág. 358

63. Anales de la Universidad de Chile. Julio de 1865. Pág. 13.

64. "El Mercurio", 29 de diciembre de 1863. En el párrafo citado, este diario reprocha las negativas de los dueños de fábricas y talleres de ropa para acceder a las demandas de aumentos de salarios presentadas por sus trabajadores

65. Recuérdese que Fourier, durante quince años, esperó en un determinado lugar, de 12 a 1 de la tarde, a quien quisiera prestarle ayuda para organizar un falansterio.

66. El Independiente", 21 de abril de 1865.

67. Pedro Pablo Figueroa: Diccionario Biográfico de Chile. Tomo II. Pág. 462.

68. Los artesanos poseían en el país una organización más o menos antigua. En efecto, hemos hallado numerosas referencias a una Sociedad de Artesanos existente en Santiago en 1829.

69. Fermín Vivaceta: Unión y Fraternidad de los trabajadores sostenida por las Asociaciones Cooperativas. Pág. 39.

70. Ibid. Pág. 11.

71. Ibid. Pág. 7.

72. Ibid. Pág. 2.

73. Fermín Vivaceta: ob. cit. Pág. 2.

74. Ibid. Pág. 16.

75. Ibid. Pág. 23. Hace poco, en 1953, un autor dotado de gran fantasía y de muy poco respeto por la objetividad histórica, presentó absurdamente a esta Asociación proyectada por Vivaceta como una ".. .mezcla criolla de los métodos y fines de la Asociación Internacional de Trabajadores y el cooperativismo francés".

76. Esta Sociedad, consagrada a la Santísima Trinidad, tenía Por Patrona a la Virgen del Carmen. En su Estatuto se indicaba que para ser miembro de ella se requería "... ser católico, apostólico, romano, conocido por su religiosidad y buena conducta".

77. Interesantes informaciones sobre la Asociación Católica de Obreros se pueden encontrar en las Memorias de Abdón Cifuentes. Tomo II. Págs. 149 a 156.


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