Desarrollo económico - social de Chile

Capítulo II

ÉPOCA DE BALMACEDA Y "REVOLUCIÓN" DE 1891

1. Don José Manuel Balmaceda llegó a la presidencia de la República después de una nutrida jornada en pro de la democratización de las instituciones del país. Es un decidido liberal en el sentido de que defiende las libertades públicas y un régimen jurídico que las consagre ampliamente; pero, en lo económico, si es verdad que reconoce la importancia decisiva de la actividad privada, también es cierto que no acepta la teoría de la marginación del Estado en el proceso productivo, según el lema del "dejad hacer, dejad pasar". Por el contrario, considera que el Estado, el Gobierno, debe intervenir en el desarrollo "de una economía poderosa y moderna, que contemple los intereses de la colectividad, del país entero.

El liberalismo había librado una persistente batalla para obtener fundamentalmente la limitación de las facultades presidenciales y, sobre todo, para impedir la intervención electoral ejercitada por el Ejecutivo desde los días mismos de la Independencia y a lo largo de todo el proceso republicano; deseaba terminar con las "elecciones dirigidas". Balmaceda, como buen liberal, conquistó sus primeros éxitos políticos en calidad de campeón de la libertad electoral en el Club de la Reforma y desde aquí llegó a la Cámara de Diputados al ser elegido, en 1870, representante de Carelmapu. En un discurso que pronunció en el Club de la Reforma, el 12 de abril de 1871, combate duramente la intervención del gobierno en favor de la candidatura presidencial de Federico Errázuriz Zañartu. Afirma que esa intervención es "contraria al espíritu de la democracia ... la intervención oficial es una agresión a la libertad electoral, que engendra justos recelos, que provoca inevitablemente agitaciones y trastornos... se pone al Ejecutivo al servicio de un partido, persigue a los electores, los sojuzga; se destruye la soberanía del pueblo por la soberanía de los que mandan, las garantías del pacto constitucional desaparecen y se nos entrega a la voluntad y al flagelo de un jefe de facción".

Al mismo tiempo, el liberalismo libra una enconada acción para laicizar las instituciones hasta conseguir una serie de leyes durante la administración de Santa María, que logran tal pro- pósito. Balmaceda, como Ministro del Interior de ese gobierno, se destacó por su elocuencia y sólida doctrina en apoyo de tales medidas, demostrándose un ardiente anti-clerical.

Su brillante labor durante el gobierno de Santa María lo eleva a la candidatura presidencial para el periodo 1886-1891. Y en la Convención Liberal del 17 de enero de 1886, al ser proclamado candidato, Balmaceda pronuncia un notable discurso que tiene extraordinaria importancia, pues en él precisa con mucha nitidez sus ideas económicas principales. Dice en su párrafo más brillante: "El cuadro económico de los últimos años prueba que dentro del justo equilibrio de los gastos y las rentas, se puede y se debe emprender obras nacionales reproductivas que alienten muy especialmente la hacienda pública y la industria nacional... Y, pues, que hablo de industria nacional, debo declarar que ella es débil e incierta por la desconfianza del capital y por nuestra común resistencia a sus corrientes benéficas ... Si a ejemplo de Washington y de la gran República del Norte, preferimos consumir la producción nacional, aunque no sea tan perfecta y acabada como la producción extranjera; si el agricultor, el minero y el fabricante construyen útiles o sus máquinas de posible construcción chilena en las maestranzas del país; si ensanchamos y hacemos más variada la producción de la materia prima, la elaboramos y transformamos en sustancias u objetos útiles para la vida o la comodidad personal; si ennoblecemos el trabajo industrial aumentando los salarios en proporción a la mayor inteligencia y aplicación de la clase obrera; si el Estado, conservando el nivel de sus rentas y de sus gastos, dedica una porción de su riqueza a la protección de la industria nacional, sosteniéndola y alimentándola en sus primeras pruebas; si hacemos concurrir al Estado con su capital y sus leyes económicas, y concurrimos todos, individual o colectivamente, a producir más y mejor y a consumir lo que producimos, una savia más fecunda circulará por el organismo industrial de la República y un mayor grado de riqueza nos dará este bien supremo de pueblo trabajador y honrado: vivir y vestirnos por nosotros mismos".

Podemos ver cómo Balmaceda, en aquellos años, propiciaba ya la intervención del Estado en la economía para lograr la industrialización y la producción diversificada con el propósito de transformar la estructura económica nacional, aumentar la producción y mejorar las condiciones de vida de la población. De ninguna manera pensaba que pudiera el país subordinarse al predominio de la industria extractiva, basada en el salitre, sino que deseaba que ésta fuera el punto de partida del desenvolvimiento industrial propio de Chile. Y su gobierno tuvo por objeto llevar a efecto estas ideas orientadoras de su programa de estadista. Llevó a cabo una obra admirable de progreso material y educacional y planteó la resolución de los grandes problemas estructurales de la nación: nacionalización de su minería, socialización del crédito y reorganización de la agricultura. Desgraciadamente, las fuerzas plutocráticas nacionales y el imperialismo inglés lo derribaron e impidieron que Chile entrara por una senda de verdadero progreso y avance económico, social y cultural.

A través de sus diversos discursos, y en numerosos documentos, se advierte claramente expresado un pensamiento económico nuevo, revolucionario para la época, en abierta pugna con el liberalismo de Courcelle-Seneuil, que había marginado al Estado y sólo había permitido un desarrollo económico espontáneo, débil y vacilante, apoyado en privilegios seculares.

En lo que respecta a su actitud política, sus enemigos señalan una falta de consecuencia entre su labor y posición como jefe de Estado y su actividad anterior. Su gestión constructiva en el plano de las grandes obras públicas la encuentran derrochadora y demagógica. Asimismo, indican contradicciones y renuncios entre sus palabras y declaraciones y muchos de sus actos.

Es verdad que Balmaceda, por tocarle actuar en un período difícil, en medio de la pugna de poderosas y opuestas fuerzas, envuelto entre complejos intereses que se entrechocan y repelen, tuvo vacilaciones, desfallecimientos y actitudes contradictorias; pero en el fondo de su gobierno se destacan algunas líneas esenciales, a las cuales manifestó decidida fidelidad, y que ennoblecen su figura y su actuación política, haciendo sobresalir su estatura y visión de estadista chileno muy por encima de la pequeñez y miopía de sus enemigos.

Casi todos los historiadores han insistido en que la lucha contra la intervención electoral ha sido el principal antecedente de la revolución de 1891, agravada por la formación y desarrollo de una mentalidad que deseaba un cambio político profundo: el reemplazo del régimen presidencial, establecido por la Constitución de 1833, por un sistema parlamentario. En verdad, desde que nace la burguesía liberal ésta lucha por la limitación del poder presidencial y la supresión de su intervencionismo electoral. Consiguió algunas importantes reformas constitucionales. En 1865, la libertad de cultos; en 1871, la no reelección por un período inmediato del Presidente de la República; desde 1874, se concede explícitamente al Congreso, y en su receso a la Comisión Conservadora, la supervigilancia "sobre todas las ramas de la administración pública", velando "por la observancia de la Constitución y las leyes"; en 1874 y 1884, el sufragio universal (1). Estas reformas debilitan en parte las facultades del Ejecutivo y, además, afirman una conciencia cada vez más contraria a la omnipotencia presidencial, que se cristaliza pronto en una adhesión al régimen parlamentario. Y desde este instante surge una tesis interpretativa de la Constitución de 1833, que encuentra en ella una tendencia parlamentaria. Pasa por alto que dicho documento señala la facultad expresa del Presidente para designar y remover a su voluntad los ministros, amen de otras innúmeras atribuciones. Sólo destaca aquellas facultades que otorga al Congreso, y que este poder no utiliza, por no haber representado oposición al Ejecutivo, puesto que su intervencionismo electoral elegía las Cámaras a su imagen y semejanza.

La tesis parlamentaria de la Constitución de 1833 subraya que esta establecía que eran materia de ley y, por lo tanto, de libre resolución del Congreso: el despacho anual del Presupuesto de gastos de la Nación; el cobro de las contribuciones por periodos no mayores de dieciocho meses; la fijación anual de las fuerzas de mar y tierra; la autorización para que el gobierno mantuviese tropas a diez leguas a la redonda del sitio de las sesiones del Congreso; y, por otra parte, era rasgo de régimen parlamentario la no prohibición a los miembros del parlamento del desempeño de los cargos de ministros de Estado, situación mantenida, a pesar de las reformas que consagraron numerosas incompatibilidades.

El Congreso avanza en sus pretensiones hasta considerar que el Presidente debe elegir sus ministros de acuerdo con él, o sea, el Ejecutivo debe someterse al Parlamento.

Balmaceda defiende con decisión las prerrogativas otorgadas por la Constitución de 1833 al Ejecutivo, sobre todo en esa época en que intereses ajenos al país se mueven presionando a los parlamentarios en apoyo de pretensiones que van en desmedro del porvenir de la patria y cuando se hacia necesario proceder a la transformación económica de Chile.

Desde este instante se le acusa de intervención electoral, de personalismo administrativo, convirtiendo a la república en una "colonia asiría en que el Presidente lo era todo y lo demás nada" (Carlos Walker Martínez, 18 de octubre de 1887).

Balmaceda se hizo cargo de las observaciones de los defensores del parlamentarismo en su mensaje del 1º de junio de 1890, en el cual diserta acerca de la necesidad de reformar a fondo la Constitución; critica el régimen unitario exagerado y niega todo carácter parlamentario a la Constitución de 1833. "El pretendido gobierno parlamentario tiende inevitablemente a la dictadura del Congreso; así como el gobierno unitario, centralizado y con influencias poderosas para vigorizar el principio de autoridad tiende a la consagración de una dictadura legal. Yo no acepto para mi patria la dictadura del Congreso, ni sostengo la dictadura del Poder Ejecutivo".

Enrique Mac-Iver, al recibir al ministerio Sanfuentes, en junio de 1890, exclamaba: "En todos los países parlamentarios, y el nuestro lo es y lo será pese a quien pese, la opinión pública o la opinión de los congresos imponen el rumbo general del gobierno".

Esta defensa del recién descubierto parlamentarismo de la Constitución de 1833 y la lucha contra una supuesta candidatura presidencial oficial, más la bandera de la libertad electoral, constituyen la base política de la oposición a Balmaceda y éste las estima como un pretexto para una tentativa de invasión del Poder Legislativo contra el Poder Ejecutivo, de donde fluye la abierta antinomia que conducirá a la guerra civil. Sin duda ésta pugna influye en el desencadenamiento de la crisis de 1891, pero es necesario agregar también los móviles más hondos, de carácter económico, que actúan decisivamente en su estallido, y que Balmaceda vio y enfrentó con valor.

2. Balmaceda llega al poder en circunstancias en que el país entra a aprovechar en toda su amplitud las riquezas del salitre. Las rentas públicas habían subido de 15 millones más o menos, de 38 d-, antes de la guerra del Pacífico, a 45 millones en 1887. En 1890 alcanzaron a más de 58 millones de 27 d. El salitre, que se extraía por un valor de 25 millones en 1880, llegaba en 1890 a un valor de casi 80 millones. También era apreciable el valor de la producción de guano y cobre, aunque este mineral había disminuido en importancia, y de plata (en 1887 se exportaron 200 toneladas de plata, 193.738 kilogramos exactamente). Las exportaciones habían subido de 50 millones en 1880 a la suma de 68 millones en 1890. Las importaciones y exportaciones reunidas, que habían alcanzado a 74 millones antes de la guerra del Pacífico, subieron durante el gobierno de Balmaceda a 133 millones. El comercio de cabotaje asciende de 421/2 millones antes de la guerra, a 103 millones durante el gobierno de Balmaceda. Los depósitos y capitales bancarios, que no llegaban a 60 millones antes de la guerra, casi se duplicaron en tiempos de Balmaceda.

Balmaceda, con un verdadero criterio de estadista, estimó que las grandes entradas que daba el impuesto de exportación del salitre, debían dedicarse a dos objetivos esenciales: 1º Realizar la conversión metálica y a ello tendía su proyecto de creación de un Banco Nacional. 2º Realizar un plan de obras públicas que permitiera desarrollar la economía nacional, política de gastos reproductivos y no de derroches suntuarios. Exponiendo sus ideas fundamentales, expresaba en un discurso pronunciado en la ciudad de La Serena: "Procuro que la riqueza fiscal se aplique a la construcción de liceos y escuelas, y establecimientos de aplicación de todo género, que mejoren la capacidad intelectual de Chile ... No cesaré de emprender la construcción de vías férreas, de caminos, de puentes, de muelles y de puertos que faciliten la producción, que estimulen el trabajo, que alienten a los débiles y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad económica de la nación. Ilustrar al pueblo y enriquecerlo, después de haberle asegurado sus libertades civiles y políticas, es la obra del momento; y bien podría decir que es confirmación anticipada y previsora de la grandeva de Chile".

Ahora bien, lo anterior indicaba la importancia capital que para el país tenía el salitre y planteaba la necesidad vital de defenderlo, tanto de la voracidad del capital extranjero como de las especulaciones de los capitalistas nacionales. En ese hecho decisivo se basó la idea de Balmaceda de nacionalizarlo.

De acuerdo con lo afirmado, Balmaceda tuvo una gran voluntad creadora: transformó nuestra anticuada estructura material, removiendo en gran parte la vieja maquinaria feudal y llevó a cabo vastas obras de progreso que significaron un efectivo bienestar social (caminos, puentes, ferrocarriles, puertos, hospitales, escuelas, etc.). En materia financiera impulsó un trascendental proyecto. En primer lugar, convirtió la deuda externa contratada en diversas épocas y a diferentes tipos y que ascendió a la suma de $ 80.000.000 de 18 d. En seguida, luchó para poner término a la desvalorización monetaria, con la que se beneficiaba la oligarquía latifundista. Por otra parte, combatió la política de los bancos particulares que estaban acostumbrados u que el Estado les prestara al 2 ó 3% los sobrantes que empezaba a dejar la riqueza salitrera, para que, a su vez, dichos bancos los facilitaran a los particulares, y a veces al propio gobierno, al 8 ó 9%. Por esta razón, el ministro Ibáñez expresará en un debate del Senado que, si bien se debían beneficios a los bancos, éstos habían obtenido grandes recompensas y, sobre todo, a pesar de su desarrollo, "no hacen sino cambiar la corriente natural de nuestros capitales, que en vez de dedicarse a fomentar la industria nacional en sus múltiples manifestaciones, siguen por el sendero de la usura y de las especulaciones de poco o ningún trabajo". (2)

Balmaceda propició la idea de la creación de un Banco del Estado que pusiera término a los lamentables hechos indicados y que permitiera dar crédito a los productores que lo necesitaran. En agosto de 1887 presentó don Manuel A. Zañartu a la Cámara de Diputados un proyecto de ley que consultaba la creación de un Banco Nacional, que en realidad era un banco del Estado. Al estallar la insurrección, Balmaceda lo llamó al Ministerio de Hacienda para que implantara su política económica a base de la creación de la mencionada institución que destruiría la oligarquía bancaria (3).

El Ejecutivo presentó a la consideración de las Cámaras el 9 de julio de 1891, un proyecto sobre creación de un banco oficial. En el mensaje de los señores Balmaceda y Zañartu se decía: "No habrá con esta institución clases bancarias oligárquicas y directores del crédito en provecho exclusivo de sus personas o para desarrollar influencias perniciosas en la política". Se entregaría al. Banco "la mitad de los terrenos salitreros de propiedad del Estado, conservando la otra mitad para que se coloque en la libre industria y competencia", sin olvidar que "es necesario aplicar una porción de los terrenos salitrales a la elaboración chilena por cuenta y en provecho de los chilenos".

El capital del Banco sería de $ 60.000.000. La suma de $ 20.000.000 sería suscrita por el público y la cantidad de $ 40.000.000 lo sería por el Fisco, de la hipoteca de los ferrocarriles en explotación y de la mitad del valor de los terrenos salitrales fiscales. Para que el Banco incrementara sus capitales se le entregaría por el Estado el 10% de las entradas aduaneras procedentes del impuesto del salitre y otro 10% se le daría para garantía del papel-moneda, siendo la emisión de este un privilegio exclusivo del Banco del Estado. La tasa máxima de interés que se cobraría a los deudores sería del 6% y los préstamos no dependerían de la voluntad de los gerentes y directores, sino que constituirían un derecho que podría hacer valer todo el que cumpliese con las medidas requeridas. Se confiaba en que el Banco obtendría un 10% de utilidad en su gestión; se fijaba la proporción del reparto de los beneficios y la destinación del provecho que. correspondería al Estado. Entre los objetivos a que serían destinadas las utilidades que el Estado obtuviera del Banco se indicaba "la formación de barrios populares". (Esta finalidad era la respuesta concreta a la moción presentada por el diputado Gregorio A. Pinochet, en sesión del 16 de junio de 1887, para dedicar un millón de pesos a la construcción de habitaciones para obreros).

La creación de ese Banco del Estado imponía la nacionalización del crédito, con incalculables beneficios para el país. Balmaceda no pudo realizar su proyecto, porque "se fueron creando nuevos intereses cada vez mayores, de tal modo que cuando el Presidente Balmaceda pensó en hacer la conversión, los aristócratas no se resignaron a perder su situación privilegiada y arrojando la máscara se levantaron en armas y lo derribaron". (4)

El economista norteamericano F. W. Fetter, en su obra ya citada, afirma que el problema monetario no había jugado ningún papel directo entre las causas que desencadenaron la guerra civil. Probablemente este juicio derive del hecho de que algunos de los más connotados enemigos de Balmaceda, banqueaos que ayudaron activamente a los revolucionarios, como los señores Agustín Ross y Agustín Edwards y políticos influyentes como don Enrique Mac-Iver, eran contrarios al régimen papel moneda y partidarios del régimen metálico. Pero esa afirmación de F. W. Fetter se contradice con lo mismo que él expresa cuando escribe: "los jefes del movimiento oposicionista eran aquellas personas que en su carácter de propietarios de fundos hipotecados, de exportadores y empleadores, se habían beneficiado con la depreciación del circulante y, por consiguiente, sufrirían las consecuencias de una conversión metálica".

Es preciso recordar que el tipo monetario que fluctuó entre 45 y 48 d. antes del gobierno de Errázuriz Zañartu, valía .2 d. poco antes de la guerra del Pacífico y 22 d. en tiempos de Santa María. En 1892, después de la revolución, bajó a 19 d. y hasta 12 d. Esta baja constante del cambio encarecía la vida y disminuía el poder adquisitivo de la moneda, lo que afectaba exclusivamente a los jornales y sueldos; en cambio, beneficiaba, grandemente a la clase poseedora.

3. Durante la administración de Balmaceda se intensifica la penetración del capital imperialista, que había logrado una importante influencia en las finanzas nacionales por medio de varios empréstitos y había entrado a controlar gran parte de la industria salitrera.

El gobierno chileno, guiado por el espíritu de libertad comercial en boga, no se interesó por lograr, junto con la posesión de los territorios del norte, la nacionalización del salitre, pues antes del decreto de 1881 pudo haber hecho adquirir, con gran descuento para el Fisco, como lo propuso un diputado en sesión de la Cámara del 19 de agosto de 1880, los certificados o vales emitidos por el Gobierno del Perú para comprar las más ricas salitreras a sus dueños, cuando su intento de nacionalización, y que no pagó. También pudo exigir en la licitación pública, decretada en 1882, que fueran chilenos los adquirentes de terrenos, aunque los particulares preferían traspasar sus oficinas a mejor precio a casas extranjeras.

El agente más destacado del imperialismo inglés en Chile, Mr. Thomas North, aprovechó esta circunstancia para transformarse en magnate salitrero, John Thomas North y su asociado Robert Harvey, con capital chileno facilitado por bancos nacionales, el gerente de uno de los cuales, el inglés Dawson, fue asociado poco después a sus empresas, se proveyeron de certificados adquiridos con gran descuento en el mercado de Lima y presentándolos a su tiempo pasaron a ser dueños de las valiosas salitreras que a ellos correspondían. Thomas North, junto con organizar sociedades salitreras, se apropió de los ferrocarriles (el monopolio de las líneas férrea permitía a la Nitrate Railways, sociedad inglesa, cobrar precios elevados por los transportes a los industriales chilenos) y del agua, elementos esenciales para el desarrollo de la industria.

En sus Recuerdos, redactados por el escritor francés Gastón Calmette y publicados en Le Figaro de París (23 de abril de 1895, y reproducida por "El Ferrocarril", el 12 de junio de 1895), confirma North la adquisición a bajísimo precio de los certificados y añade: "Después, y queriendo asegurar para siempre la propiedad de esta industria de la que nadie todavía en Europa sospechaba su colosal importancia y su inmenso porvenir, compré, en unión de varios amigos, la mayor parte de las acciones del ferrocarril que sirve la región donde existen los principales yacimientos salitreros. Vine, así, a ser el arbitro del porvenir". (5)

El volumen enorme experimentado por la industria salitrera se revela en el hecho de que en 1890 se exportaron 1.063.277 toneladas métricas. Balmaceda consideraba necesario ponerla a cubierto de las maniobras de los capitalistas nacionales y extranjeros. Incluso previo genialmente que el monopolio que Chile tenía sobre el salitre trataría de ser quebrado por su producción sintética. De ahí que propugnara la nacionalización de la industria salitrera. En su viaje al norte, realizado en marzo de 1889, expresó notables ideas que merecen recordación permanente, según las cuales la economía chilena se fortalecería considerablemente si las utilidades provenientes de la explotación del salitre quedaran íntegras en el país, impidiéndose todo monopolio en la industria y todo privilegio en el transporte del salitre, transformando en empresas nacionales las de los ferrocarriles de la región y por la inversión de las entradas extraordinarias del salitre en obras reproductivas que fueran base de nuevas rentas para el momento en que tal producto se agotara o disminuyera. En su discurso del 9 de marzo en Iquique, expresó conceptos como los que se reproducen:

"La extracción y elaboración corresponden a la libre competencia de la industria misma; mas la propiedad nacional es objeto de serias meditaciones y de estudios. La propiedad particular es casi toda de extranjeros y se concentra exclusivamente en individuos de una sola nacionalidad. Preferible sería que aquella propiedad fuese también de chilenos... La próxima enajenación de una parte de la propiedad salitrera del Estado abrirá nuevos horizontes al capital chileno si se modifican las condiciones en que gira y se corrigen las preocupaciones que lo retraen. La aplicación del capital chileno en aquella industria producirá para nosotros los beneficios de la exportación de nuestra propia riqueza y la regularidad de la producción, sin los peligros de un posible monopolio. El monopolio industrial del salitre no puede ser empresa del Estado, cuya misión fundamental es sólo garantir la propiedad y la libertad. Tampoco debe ser obra de particulares, ya sean éstos nacionales o extranjeros, porque no aceptaremos jamás la tiranía económica de muchos ni de pocos. El Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar, con su influencia, la producción y su venta, y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial de Tarapacá. Es oportuno marcar el rumbo, y, por lo mismo, señalo en los perfeccionamientos de la elaboración, en el abaratamiento de los acarreos, en los embarques fáciles y expeditos, en la disminución de los fletes y del seguro de mar y principalmente en el ensanchamiento de los mercados y de los consumos, los provechos que la codicia y el egoísmo pretendiesen obtener del monopolio. Es este un sistema condenado por la moral y por la experiencia, pues en el régimen económico de las naciones modernas está probado y demostrado que sólo la libertad del trabajo alumbra y vivifica la industria ... En el orden de las ideas enunciadas, la viabilidad pública es aquí una grave cuestión de localidad. Juzgo que la cuestión de los ferrocarriles debe resolverse equitativamente, sin lastimar intereses particulares legítimos, ni ofender la conveniencia y los derechos del Estado. Espero que en época próxima todos los ferrocarriles de Tarapacá serán propiedad nacional; aspiro, señores, a que Chile sea dueño de todos los ferrocarriles que crucen su territorio. Los ferrocarriles de particulares consultan necesariamente el interés particular, así como los ferrocarriles del Estado consultan, antes que todo, los intereses de la comunidad, tarifas bajas y alentadoras de la industria, fomentadoras del valor de la propiedad misma".

En seguida agregaba: "debemos invertir el excedente de la renta sobre los gastos en obras reproductivas para que en el momento en que el salitre se agote o menoscabe su importancia por descubrimientos naturales o los progresos de la ciencia, hayamos formado la industria nacional y creado con ella y los ferrocarriles del Estado, la base de nuevas rentas y de una positiva grandeza..."

En este discurso extraordinario, Balmaceda defendía la nacionalización de la industria salitrera, atacaba el monopolio de unos cuantos que imponían desde el precio del salitre hasta la cantidad de exportación, y censuraba el monopolio de los ferrocarriles de Tarapacá por el capitalismo inglés, monopolio que él quería expropiar para convertirlos en propiedad del Estado. Estas ideas del gran Presidente fueron mantenidas sistemáticamente por el y en su mensaje a las Cámaras, el 1º de junio de 1889, decía: "Es verdad que no debemos cerrar la puerta a la libre concurrencia y producción del salitre de Tarapacá, pero tampoco debemos consentir que aquella vasta y rica región sea convertida en una simple factoría extranjera. No podría desconocerse el hecho muy grave y real de que la singularidad de la industria, la manera cómo se ha producido la constitución de la propiedad salitrera, la absorción del pequeño capital por el capital extranjero, y hasta la Índole de las razas que se disputarán el imperio de aquella vastísima y fecunda explotación, imponen una legislación especial, basada en la naturaleza de las cosas y en las necesidades especiales de nuestra existencia económica e industrial".

Los hombres de gobierno tampoco olvidaban las consecuencias peligrosas que podrían derivarse de la influencia de esas grandes riquezas provenientes del salitre en las costumbres tradicionales de la nación. Precisamente, en esa misma visita a Iquique, el ministro Enrique Salvador Sanfuentes expresó palabras de advertencia en tal sentido: "Que ni el poder excesivo ni la excesiva riqueza puedan jamás ni debilitar siquiera la tradicional honradez, la probidad austera y la severidad de las costumbres de esta patria que amamos con todo el entusiasmo del patriotismo".

Balmaceda abogó por su plan de nacionalización, "sin parar mientes en que los que en Chile lo defendían (al capitalismo inglés) como influyentes y bien rentados abogados, eran algunos de sus amigos políticos". (6)

Las ideas nacionalistas de Balmaceda expuestas en el discurso reproducido, más su altivo rechazo de las proposiciones de Thomas North en orden a comprar las pampas salitreras in-explotadas en nombre de un consorcio capitalista inglés, predispuso en su contra al imperialismo inglés. Desde este instante Thomas North empezó a mover personajes de la política al servicio de sus intereses, algunos de los cuales son sus abogados. (Entre las reclamaciones a consecuencia de la liquidación de la guerra del Pacífico encontramos una de John Thomas North, a cuyo nombre demandó a nuestro gobierno don Abraham Kónig. En el fallo Nº 59, se absolvió a Chile por mayoría de votos) . (7)

Entre los partidarios de North se destacó el abogado Julio Zegers, quien defendió el monopolio ferrocarrilero de Tarapacá en poder de los consorcios ingleses, cuyo principal accionista era Thomas North. Hasta el diario La Época, de los nacionales, atacó a Zegers por sus gestiones. La compañía inglesa debió realizar gastos considerables para defender sus propósitos anti-chilenos. Se acusaba al señor Zegers como vendido a North por haber defendido en calidad de abogado los intereses de la Compañía de Ferrocarriles Salitreros de Tarapacá, dominada por Thomas North. La Corte Suprema talló en favor de ella, pero el Consejo de Estado entró a conocer de la competencia que el Presidente Balmaceda ordenó deducir contra esa resolución. Julio Zegers, que era miembro del Consejo de Estado, debió renunciar. El Consejo de Estado falló a favor del Ejecutivo, el 13 de septiembre de 1889. Estos hechos son los que se invocaban como causa de fondo de la enemistad posterior de Julio Zegers en contra de Balmaceda, a quien atacará en forma despiadada.

Con motivo de la muerte de North, en 1896, y de las quejas presentadas en Londres por accionistas de la Compañía de Ferrocarriles Salitreros de Tarapacá contra el Directorio de ella por la inversión de £ 93.000, de que no aparecía justificación ni contabilidad, en pagos extraordinarios de honorarios para abogados y políticos chilenos, los directores dejaban entender que el antiguo abogado de la Compañía, don Julio Zegers, había sido el destinatario y distribuidor de algunas sumas. A raíz de este asunto. Julio Zegers, el 17 de marzo de 1898, dio poder para perseguir en juicio a los directores de la Compañía en Londres y al periódico The Railway Times, que había publicado reseñas de las sesiones, reproducidas en El Heraldo, de Valparaíso, del 7 al 11 de febrero de 1898. Julio Zegers se defendió extensamente en El Ferrocarril, del 10 de febrero de 1898, y en La Unión, de Valparaíso, los días 15, 17 y 24 de febrero de 1898, donde explica sus relaciones con la Compañía y su actuación política. (8)

Por otra parte, el corresponsal oficial del Times, de Londres, Maurice H. Hervey, periodista del "Times", quien fue destituido de sus funciones al no prestarse para desfigurar los hechos de acuerdo con los intereses de los salitreros, en su libro: Darks days in Chile. An account of the revolution of 1891, aparecido en Londres en 1892, no oculta su convencimiento de que Mr. North actuó como instigador del movimiento revolucionario. Cuando M. H. Hervey visitó Valparaíso, subió al crucero "Warspite". El contraalmirante Hotham y su oficialidad eran adictos a los insurrectos, porque, según expresaban, la mayoría de los jefes de la flota rebelde se había formado en la marina británica. En cambio, en el "Baltimore", buque insignia de la escuadra yanqui, "todos, de capitán a paje, consideraban las supuestas causas de la revolución como pretextos fútiles y creían que todo el asunto había sido manipulado por agitadores en beneficio de los sindicatos salitreros europeos". Igual cosa se desprende de los informes del Ministro de los Estados Unidos en Santiago, Mr. Patrick Egan, al Departamento de Estado de su país. En un informe del 17 de marzo de 1891 se expresa que las casas inglesas han contribuido al financiamiento de la insurrección. Agrega que los jefes de ella han reconocido en forma franca que Thomas North aportó la suma de £ 100.000; también, que los jefes de las oficinas salitreras inglesas de Tarapacá obligaban a sus trabajadores a unirse a los revolucionarios, prometiéndoles $ 2 diarios durante el período de su servicio y amenazándoles que serían despedidos y nunca más tendrían ocupación si no se unían a ellos.

Más recientemente, en el debate sobre la acción del imperialismo en el país, que se llevara a efecto en la Cámara de Diputados en 1937, el diputado Juan B. Rossetti dio a conocer que él había investigado las partidas de contabilidad del ferrocarril de Iquique a La Noria, de la Nitrate Railways, donde, entre numerosas y diversas partidas, figuraba un rubro por un millón de pesos entregados a J. Z., iniciales que corresponderían al político que se destacó en la defensa de los intereses ingleses.

Estos hechos son los que llevaron a Balmaceda a expresar que el Parlamento estaba minado por el oro de los banqueros nacionales y extranjeros. En carta a su amigo Joaquín Villarino, de enero de 1891, afirma: "El Congreso es un haz de corrompidos. Hay un grupo a quien trabaja el oro extranjero y que ha corrompido a muchas personas. Hay un hombre acaudalado que ha envilecido la prensa y ha envilecido a los hombres. Las fuerzas parlamentarias han fluctuado entre vicios y ambiciones personales. El pueblo ha permanecido tranquilo y feliz. Pero la oligarquía lo ha corrompido todo". (9)

Durante el período de la revolución menudearon las acusaciones a diversos parlamentarios de estar pagados por John W. Firth, empresario de los ferrocarriles Campbell, Outram y Cía., de estar vendidos al oro de Thomas North, a los banqueros y especuladores, en una palabra, a la oligarquía santiaguina y al capitalismo extranjero (10). A su vez, los revolucionarios acusaban a los partidarios del Presidente de serlo por sus altos cargos en la Administración Pública y en el Ejército; y estimulados por subidas prebendas, por la participación o provecho en los contratos de obras públicas, en la provisión de las fuerzas armadas y reparticiones del Estado, en negociaciones de armamentos y otras granjerias de mínima cuantía.

Robert Thompson, en un trabajo publicado en "The Times", el 28 de abril de 1891, bajo el título "The chilean revolution", afirma que las grandes familias, los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, los mineros de Tarapacá y la Marina estaban con los insurrectos, pero que el Ejército era leal al Presidente y que la gran mayoría del pueblo no mostró signo de revuelta.

Los intereses imperialistas ingleses fueron abiertamente contrarios a Balmaceda; en cambio, el gobierno de los Estados Unidos le tuvo simpatía y se la demostró en la captura del Itata, que con un cargamento de fusiles para los opositores había abandonado un puerto norteamericano. Pero la poderosa casa Grace y Cía. ayudó a los revolucionarios. De todos modos, "en los Estados Unidos hubo una verdadera lucha de actividad y de influencias entre la casa Grace y Cía., auxiliar de la revolución, y Carlos Flint, cónsul chileno en Nueva York, decidido partidario de Balmaceda". (11)

Cuando estalló la insurrección, Balmaceda quiso tomar medidas drástica para aplastar la industria salitrera, que era la base material en que descansaba el poderío de las fuerzas revolucionarias; pero en todo, el capitalismo ingles estuvo en su contra. Así, ante la amenaza del gobierno de destruir los establecimientos salitreros, el representante inglés protestó porque "esos establecimientos pertenecen en su casi totalidad a súbditos británicos y no han podido instalarse sino en un tiempo muy prolongado y con gastos muy crecidos". El valor de estas inversiones inglesas subía de £ 10.000.000. En la misma forma, el decreto del gobierno prohibiendo la exportación del salitre para impedir que los revolucionarios tuviesen recursos pecuniarios, fue considerado inaceptable por las potencias, las que estimaron que "pagando los derechos correspondientes en el puerto de salida, esta sustancia puede embarcarse libremente". En este hecho residió la fuente de entradas que financió a los revolucionarios. La prensa inglesa fue contraria a Balmaceda. Algunos editoriales del Times, reproducidos por Fanor Velasco, así lo demuestran. En uno del 13 de abril, perdiendo la tradicional compostura británica, ataca al gobierno chileno porque tiene a su cabeza "a un hombre tan inescrupuloso como el Presidente Balmaceda". La inescrupulosidad de este gran mandatario consistía en defender el patrimonio de su país de la voracidad de los consorcios ingleses (12).

La acción del imperialismo inglés tiene, de tal manera. una gran responsabilidad en la preparación y ejecución del movimiento revolucionario de 1891, que provocó la caída y muerte de Balmaceda.

4. En cuanto al papel de Alemania durante la guerra civil de 1891 también fue de cierta trascendencia, especialmente a través del capitán de artillería Emilio Körner, su personero. Este oficial fue contratado por el gobierno chileno en 1885. Al año siguiente se le designó Subdirector de la Escuela Militar y fundó la Academia de Guerra en 1887. En mayo de 1891 se plegó a los insurrectos, llegando el 12 de ese mismo mes a ponerse a las órdenes de la Junta de Gobierno de Iquique, es decir, cuando todo el norte había caído ya en manos de los congresistas. Según el ingeniero Laín Diez, estudioso de los problemas económicos y sociales de Chile, tomó tan grave resolución presionado por una doble circunstancia: "por su matrimonio, que lo emparentaba con personas vinculadas a los intereses salitreros, amenazados en su expansión absorbente y monopolista por los propósitos de Balmaceda; y por su calidad de militar de carrera prusiano, alejado sólo temporalmente del servicio de su patria. El interés mezquino y subalterno de la joven industria salitrera de los Fölsch y Martín, Gildemeister, Sloman, se conjugaba con la puja imperialista del nuevo Estado alemán. Este necesitaba una cuota creciente de salitre, como abono, a objeto de reducir su dependencia alimenticia del extranjero, y como materia prima para intensificar la industria de los explosivos ..." (13).

Pero había un punto débil en la estructura económica externa de Alemania, que la dejaba en situación de manifiesta inferioridad frente a Inglaterra. Poseía sólo un 5% apenas de los terrenos salitrales en explotación, mientras que esta última poseía más del 50% y compañías inglesas eran propietarias, además, de todos los ferrocarriles salitreros de Tarapacá, Antofagasta y Taltal. Así las cosas, el Presidente Balmaceda proclama su propósito de nacionalizar estos ferrocarriles y, en un futuro próximo, de reservar para una industria netamente nacional todos los campos salitrales no adjudicados aún. De haber logrado Balmaceda estos propósitos, secundados por los espíritus más ilustres y previsores de su época, la inferioridad de Alemania se tornaba en permanente, por lo menos hasta que el ingenio de sus químicos industriales lograse la síntesis de los compuestos nitrogenados fundamentales en forma económica, posibilidad que no se entreveía entonces. En vista de tales consideraciones, Alemania fue favorable a los congresistas y constitucionales ... Su ministro en Santiago, el barón von Gutschmid, fue el centro de las intrigas diplomáticas contra Balmaceda. A raíz del levantamiento de la escuadra, enviaba a su gobierno, con fecha 29 de enero de 1891, un informe confidencial, del que traduce este párrafo Laín Diez: "Al partido Congresista pertenecen los grandes banqueros, la mayoría de los propietarios de minas y grandes terratenientes, en general, las actuales clases dominantes del país. De ser vencidas, quedarían arruinadas, verían confiscadas sus propiedades y, en general, se produciría un trastorno de todas las relaciones de propiedad, con todas las consecuencias que de ello derivarían. Si triunfa el Gobierno, entonces deberá encarar Chile un imperio del populacho acaudillado por un dictador. Por el contrario, si surge victoriosa del conflicto la oligarquía (el partido Congresista), que gobierna con ciertas restricciones, entonces recibirá Chile una constitución oligárquico-parlamentaria". (Tomado de Hugo Kunz: "Der Bürgerkrieg in Chile": "La guerra civil en Chile", Leipzig, 1892) (14)

Agrega Laín Diez, que la última intervención de Emilio Körner en los asuntos de Chile, tuvo por resultado la introducción del servicio militar obligatorio "que los poderes aprobaron en 1900 después de una larga campaña propiciada por él y favorecida por el desacuerdo chileno-argentino de 1898. La nueva institución, destinada por sus modalidades a desterrar el viejo y peligroso concepto de milicia o guardia nacional, era el instrumento adecuado para consolidar el poder del régimen "oligárquico-parlamentario", que insurgió en 1891, conforme a las previsiones y deseos del agorero ministro alemán von Gutschmid".

5. El desarrollo de la minería del cobre y de las faenas salitreras acrecentó la formación de capitales. Su inversión permitió levantar grandes fundiciones en el Norte Chico y, luego, montar fundiciones y maestranzas en Valparaíso, como las de "Lever y Murphy" y "Balfour y Lyon", verdaderos hitos de la industria pesada naciente. En otras regiones se crearon grandes fundiciones para construir maquinaria agrícola y las maestranzas de los ferrocarriles y del Ejército. Personifica este progreso industrial Ricardo Lever, inglés, que se instaló en Caleta Abarca (Valparaíso). Construyó "cachuchos" para las faenas salitreras. Formó sociedad con el inglés Murphy. En 1879 forjó calderas y cañones para los barcos de guerra. Construyó los puentes del Bío-Bío, Laja, algunos del Mapocho y otros; locomotoras y carros planos, y lanzó el primer barco de acero de la Armada: "El Meteoro". Ricardo Lever contó con el apoyo de Balmaceda y le otorgó numerosos contratos. Durante la guerra civil Lever fue su partidario. Al ser derrotado, no pudo obtener nuevos contratos fiscales y, además, el gobierno vencedor abrió las aduanas a sus competidores europeos. Con el tiempo su industria pasó a manos de los consorcios extranjeros, quienes la desmantelaron. El destino de la empresa de Ricardo Lever es un símbolo de la muerte del capital industrial chileno frente al capitalismo monopolista internacional (15).

Balmaceda representó la vanguardia industrial del capitalismo chileno y en defensa de la burguesía industrial nacional atacó a los bancos usurarios y al monopolio comercial inglés en Tarapacá. Balmaceda cayó derrotado porque la industria nacional era todavía débil y dependiente de los monopolios extranjeros y con su derrota, al cesar las subvenciones a la industria metalúrgica, ésta desapareció.

El incremento de la minería, salitre y carbón; el desarrollo constante del comercio, el crecimiento de la industria manufacturera; la extensión de los ferrocarriles, la realización de numerosas obras públicas, producen un gran auge económico; y la modernización de la enseñanza, especialmente de la secundaria por medio de la creación del Instituto Pedagógico y la contratación de profesores alemanes (Lenz, Hanssen y otros), del mismo modo que en anteriores administraciones se había tratado de desarrollar la enseñanza agrícola (contratación de los profesores franceses Bernard y Lefebre), eleva el nivel cultural del país. Ambos hechos determinan la formación de grandes grupos de empleados, profesionales y técnicos y permiten la subsistencia de apreciables grupos de pequeños y medianos comerciantes e industriales que no están ligados directamente a la producción, sino que actúan como intermediarios. Tales fuerzas sociales constituyen una considerable clase media o pequeña burguesía. Esta clase refuerza el movimiento democrático y ayuda al fortalecimiento de una conciencia liberal democrática.

Balmaceda no se desentendió de este fenómeno social y, por el contrario, exaltó a los primeros cargos de la nación a muchos elementos de dicho sector. A causa de ello fue atacado duramente y ridiculizado por la aristocracia. El escritor hispano Gonzalo de Reparaz ha escrito a este respecto algunas curiosas lineas: "Toda la oligarquía chilena, está en contra de él, porque se ha hecho sospechoso de aspirar al gobierno personal, creándose un partido propio apoyado en los elementos inferiores de la sociedad ..." Agrega un juicio verdaderamente extraño al afirmar que hacen verosímil esa acusación "los crecientes gastos en obras públicas, sin otro objeto que tener agradecidos; su afán populachero de construir escuelas; la candidatura Sanfuentes, para continuar gobernando sin estar en el gobierno ..." (16)

Reparaz no comprende la acción creadora de Balmaceda, consumido por la devoradora pasión de transformar a Chile para hacerlo un país grande y moderno, en el que sus masas laboriosas tuviesen bienestar y cultura. Tan lejos estaba de llevar a cabo estas obras movido por un interés populachero y demagógico, que no se preocupó por dar vida a un movimiento de tal índole, que le hubiese servido de apoyo político a su labor, lo que, con toda seguridad, le habría permitido vencer a la insurrección. Precisamente, el reparo que se le puede hacer a Balmaceda es el de no haberse dado cuenta de tal hecho, realizando su tarea individualmente. Por eso, durante la revolución misma, los trabajadores que fueron beneficiados por su labor, permanecieron indiferentes a su suerte, sin comprender el alcance y significado de la contienda.

Los opositores tomaron siempre la obra de progreso de Balmaceda como inspirada por simples móviles de vanidad y, con mucha habilidad, se presentan como amigos del pueblo, haciendo ver que el Presidente "no había atendido con su mano poderosa, omnipotente, a las clases desheredadas de la fortuna", a pesar del enriquecimiento del país. Julio Zegers se señaló por estos ataques en sus diversos discursos en contra de la gestión presidencial.

Don J. M. Irarrázabal, en su libro citado, en el que hay muy atinadas páginas sobre Balmaceda y su actividad, le reprocha también que "su lema era el progreso, pero un progreso palpable y hasta ostentoso. Lo atraen las empresas y trabajos que llevan envueltos la idea de grandiosidad".

Uno de los rasgos más definidos de Balmaceda fue su afán de elevar y destacar la clase media, que ya en ese entonces empieza a jugar un papel social importante. Es por eso que los historiadores reaccionarios lo atacan con acritud. El conservador Rafael Egaña expresa, como un hecho decisivo contrario al gran Presidente, que "personificaban la resistencia a la dictadura las personalidades más altas de la comunidad chilena en el nacimiento, en el talento, en la fortuna, en la milicia, en el clero, en todas las esteras de influencias y de prestigio", y, en cambio, Balmaceda "se rodeaba de advenedizos y desconocidos, gente de posición indefinida, sin títulos para entrar en la alta sociedad, pero con pretensiones de sobreponerse al bajo pueblo ..." (17).

Sus enemigos expresaban que en las filas de la oposición estaban los "caballeros caballeros y los rotos rotos" y al lado del Presidente se agrupaban los "caballeros arrotados y los rotos acaballerados".

Balmaceda fue combatido rudamente por esta actitud anti-oligárquica. Siguiendo las orientaciones de los escritores partidarios de la insurrección, el brasileño Joaquín Nabuco, al criticar el libro de Julio Bañados Espinoza, Balmaceda, su gobierno y la revolución de 1891, enfoca ese acontecimiento extensamente en un juicio publicado con el titulo de Balmaceda, culpando a éste del estallido de la revolución, ya que él "conocía bastante a Chile para ignorar que la oligarquía, socialmente hablando, era aún indestructible y que desde el punto de vista político, no pasaba de ser una escuela de gobierno. La fuerza de Chile, su sólida estructura, no están ya en las grandes propiedades: está en el desarrollo progresivo, en la propaganda insensible de la hijuela que ha venido a dividir el suelo de las grandes haciendas. Socialmente, la oligarquía, que no es mantenida artificialmente por privilegios y leyes de excepción, sino que proviene de la formación histórica del país, y conserva su influencia bajo un código liberal y en virtud de las costumbres y de la forma en que está constituida la propiedad, no es una usurpación. Políticamente, lo que se llama oligarquía es apenas la tradición de gobierno trasmitida de una a otra generación por los procedimientos y con las cautelas que constituyen la educación de los hombres de Estado; en otras palabras, no es sino el control indispensable colocado a la puerta de cada institución para que no entre indistintamente toda clase de personas".

La defensa de la oligarquía hecha por Nabuco no deja de ser curiosa, pero no corresponde a la realidad histórica. Es especialmente ingenua aquella afirmación de que la base económico-social del país no está en las grandes haciendas, sino que en las hijuelas. Es el caso de recordar que la hijuela aparece al lado de la gran propiedad sin herirla, pues se forma exclusivamente en la Frontera, a raíz de la pacificación de la Araucanía y en una proporción muy inferior al gran latifundio sureño. Su rol económico-social es muy limitado. Es ante estos juicios que la definición que el Presidente Balmaceda hiciera del carácter de la revolución en su discurso de apertura del Congreso Constituyente, en abril de 1891, es bastante certera, al expresar que fue "iniciada por una clase social centralizada y poco numerosa y que se cree llamada por sus relaciones personales y su fortuna a ser la agrupación predilecta y directiva del gobierno chileno". El hecho importante y que no destaca Nabuco es la aparición de los sectores medios indicados y que Balmaceda trató de incorporar al gobierno.

6. El 20 de noviembre de 1887 se constituyó el Partido Demócrata, dirigido por Malaquías Concha, que era asambleísta del Partido Radical, organizándose políticamente las clases artesanales y algunos sectores de clases medias y núcleos obreros de la ciudad. Se dio un programa reformista de mejoramiento social por medio de la acción evolutiva y legal. En su convención, celebrada en Santiago el 14 de julio de 1889, al cumplirse el primer centenario de la Revolución francesa, se aprobó su Programa. En el artículo 1º de su Declaración de Principios decía: "El Partido Democrático tiene por objeto la emancipación social, política y económica del pueblo. Repudia la violencia y rechaza la revolución como medio para conseguir sus finalidades". Comentó estos principios Malaquías Concha en su libro El Programa de la Democracia. Este nuevo partido sacó su primer diputado en 1894. Luego crecerá apreciablemente, aunque nunca su acción se traducirá en real beneficio para el pueblo.

La mayor parte de los miembros del Partido Demócrata fueron partidarios de Balmaceda. El 20 de julio de 1890 este conglomerado realizó un importante mitin para analizar y exponer las consecuencias económicas del conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso. El Presidente Balmaceda expresó a los comisionados, para entregarle las conclusiones de la concentración: "atenderé siempre y con especial solicitud los intereses del pueblo. A él debo el alto puesto de honor que desempeño. No puedo olvidar que este era el reproche que a mi candidatura hicieron las clases opulentas de esta capital". (18)

En 1888 realizó su gran convención el Partido Radical y en ella se trazaron con claridad sus principios y programa, de contenido democrático-burgués, evolutivo y reformista. La orientación del Partido Radical y los intereses que representaba están nítidamente resumidos en la expresión del brillante orador de sus filas, don Enrique Mac-Iver, cuando dijo: "Los obreros no tienen cultura ni preparación suficientes para comprender los problemas del gobierno, menos para formar parte de él". Y esta posición la desarrolla, con su inigualada elocuencia reaccionaria, en un discurso que pronunciara el 29 de octubre de 1890 para deshacer las expresiones de los señores Frías Collao y Bañados Espinoza, quienes denunciaron la existencia de una oligarquía poderosa en Chile. Mac-Iver, después de atacar el personalismo del Ejecutivo y su supuesto afán eleccionario, que determinaba la inestabilidad ministerial, se detiene a refutar la acusación de los partidarios de Balmaceda, que afirmaban que la oligarquía era la orientadora de la oposición ...: "La oligarquía, esa de que tan seriamente se nos habla, vive en país representativo parlamentario, que tiene sufragio universal o casi universal, donde todos los ciudadanos tienen igual derecho para ser admitidos al desempeño de todos los empleos públicos y en que la instrucción, aun la superior y profesional, es gratuita. Agregúese que no existen privilegios económicos ni desigualdades civiles en el derecho de propiedad y convendrán, mis honorables colegas, conmigo, en que un país con tales instituciones y con oligarquía, es muy extraordinario; tan extraordinario que es verdaderamente inconcebible. Me temo mucho que los honorables diputados que nos dieron a conocer esa oligarquía, hayan sufrido un ofuscamiento, que les ha impedido mirar bien, confundiendo así lo que es distinción e influencias sociales y políticas de muchos, nacidas de los servicios públicos, de la virtud, del saber, del talento, del trabajo, de la riqueza y aún de los antecedentes de familia, con una oligarquía. Oligarquías como ésas son comunes y existen en los países más libres y popularmente gobernados. Los honorables representantes encontrarán oligarquía de esta clase en Inglaterra y aun en los Estados Unidos de América. A esas oligarquías que son cimientos inconmovibles del edificio social y político, sólo las condenan los anarquistas y los improvisados..."

Esta misma actitud de Enrique Mac-Iver será sostenida por don Valentín Letelier, quien escribirá numerosas páginas para rebatir a los que hablaban de la existencia de una oligarquía y de que ella era la enemiga de la obra progresista de Balmaceda. Sólo años más tarde experimentará una evolución en su pensamiento social, hasta enfrentarse con Mac-Iver, en el seno del Partido Radical, a fin de recoger las aspiraciones de los sectores medios del país.

De aquí que el Partido Radical no traduzca más que los intereses y aspiraciones de los sectores de la burguesía minera, comercial y manufacturera en formación, en estrecha conexión con los de la aristocracia agrícola y bancaria, unidos en un vasto. frente plutocrático antipopular.

7. Las grandes obras públicas que agrupan a millares de obreros, fortalecen el proletariado de la construcción (en la construcción de ferrocarriles trabajaban de 15 a 20.000 obreros); las industrias extractivas ocupan también millares de trabajadores, que dan origen al proletariado industrial, el núcleo más vasto, vigoroso y combativo de la clase obrera nacional. En la misma forma se recluían sectores proletarios apreciables en la naciente industria manufacturera de las grandes ciudades.

Los salarios que se pagan en las faenas mencionadas atraen a millares de peones y gañanes, que abandonan los campos para enrolarse en esos trabajos. Se constituye, pues, el proletariado a expensas de las capas rurales campesinas. Este éxodo de los trabajadores del campo hacia las faenas de la ciudad y de las minas, movidos por los mejores salarios, produce escasez de brazos baratos en las haciendas y, por lo tanto, obliga a los latifundistas a elevar los misérrimos jornales o regalías como única manera de retener a los trabajadores que necesitan. En este hecho reside otra de las causas que empujaron a la clase terrateniente a atacar la administración Balmaceda.

Muy certeramente ha anotado esta circunstancia Julio Valdés Cange en los libros que hemos comentado. En sus Cartas analizó magistralmente la obra del gobierno de Balmaceda y las causas de su caída y, con posterioridad, en Sinceridad agrega nuevos datos. Sobre todo profundizó en los factores de orden nacional y el rol de la oligarquía terrateniente y banquera; en cambio, no analizó la participación del capitalismo internacional, representado entonces por el imperialismo inglés. Al comentar el descontento de los oligarcas en contra de Balmaceda, hace ver que él no solamente se debía a la política financiera sana, en vista a la conversión, lo que hacía mejorar el cambio, sino también a que "las numerosas construcciones fiscales habían hecho subir los salarios en más de un cincuenta por ciento, y las haciendas comenzaban a despoblarse, porque los peones, que ahí ganaban 30 centavos al día, tuvieron noticias de que en el puente tal, o en la faena del ferrocarril cual, se pagaba a los trabajadores un peso o un peso veinte diario...." La actitud más cómoda de los terratenientes fue la de odiar a Balmaceda y conspirar para derribarlo; "no se le ocurrió al orgulloso señor sacar una mayor cantidad de producto de sus campos inmensos, que con un cultivo racional hubieran bastado por si solos para proveer a la subsistencia de toda una provincia. Ni tampoco se le pasó por la mente reemplazar la obra de mano por la introducción de maquinarias..." Aquí radica la causa por la que prepararon la insurrección de 1891, en la que unidos a los demás magnates afectados en sus intereses particulares por la labor nacionalista de Balmaceda, se confabularon para destruirlo; y "junto con los hacendados estuvieron los banqueros que aún no habían recogido sus emisiones y que veían con ojeriza invertirse en obras que no eran de urgente necesidad, como se decía entonces, tantos millones que, depositados en los bancos al 2% y prestados por éstos al 10% a los que tenían propiedades que hipotecar, habrían prestado tan útiles servicios al país". La intensa vida económica del país produjo un aumento en el standard de vida de las clases laboriosas. Su mejoramiento económico y social es apreciable, aunque no en la medida que permitiera una efectiva solución a los aflictivos problemas que soportaban. Las condiciones de vida en el campo variaban en forma imperceptible y en la ciudad y faenas mineras el aumento de los salarios era burlado por el alza de los precios. Por otra parte, el desarrollo capitalista del país produce un fenómeno negativo de graves consecuencias: el aumento de los vicios y lacras de la clase trabajadora. (19)

Durante la administración de Balmaceda, el elemento popular reclama una participación mayor en la riqueza nacional y el derecho a un género de vida mas digno y humano. Manifiesta su descontento en algunas huelgas de cierta importancia en los comicios públicos del Partido Demócrata.

En julio de 1890, en Iquique, los obreros salitreros, lancheros y jornaleros del puerto, se declararon en huelga reclamando aumento de salarios. Se produjeron incidentes graves en las oficinas San Donato, Ramírez, Tres Marías y Rosario y en la ciudad misma de Iquique. Balmaceda se opuso a toda represión, motivo por el que fue atacado como amparador de desórdenes por la oposición oligárquica. Ante el denuncio del comercio nacional y extranjero de Iquique, le respondió que le contestasen sobre las exigencias de los huelguistas y sobre los pasos que habían dado "para una inteligencia razonable y equitativa con los trabajadores". Las causas de estas huelgas revelaban una situación que, posteriormente, provocará sangrientos conflictos en las salitreras. En efecto, los obreros no recibían casi nunca sus salarios en dinero efectivo sino que en vales, obligándoseles a proveerse de su alimentación y vestuario en las "pulperías", almacenes instalados y explotados por las compañías salitreras que ejercitaban un monopolio odioso. Así los salarios que pagaban volvían inmediatamente a sus propias arcas: "Nadie ignora que todo el comercio de Iquique está en poder de extranjeros y que los trabajadores son nacionales. Hay no menos de cincuenta oficinas salitreras que ocupan de 15 a 20 mil trabajadores, todos chilenos. Estos reciben muy rara vez en moneda la retribución de su trabajo. De aquí ha nacido la desconfianza entre patrones y trabajadores". (20)

Ricardo Salas Edwards estima que la actitud de Balmaceda se debía "al deseo de halagar al pueblo o tal vez a su escasa simpatía por el capital extranjero de Tarapacá", y que ese telegrama a los salitreros y comerciantes lo hizo "imaginarse convertida ya la cuestión en una gran lucha de defensa social". Creían que Balmaceda halagaba al pueblo para lanzarlo contra el Congreso y lo que sus partidarios denominaban la oligarquía. Lo exacto es que Balmaceda, que conocía la situación del Norte, trataba de impedir la explotación que ejercían los industriales del salitre. A pesar de la buena voluntad del Presidente, las fuerzas armadas destacadas para mantener el orden y las autoridades locales desataron una dura represión, siendo masacrados centenares de obreros, hecho que después los insurrectos explotarán en contra de Balmaceda. Valdés Cange ha escrito con perspicacia: "Las ventajas que ofrece el billete depreciado para la explotación de los operarios, el inglés no las apetecía, porque él, habilísimo en la materia, ya había inventado con ese objeto dos instrumentos muy superiores, que no están sujetos a alzas y bajas: las fichas y los vales" de las pulperías ..." En Valparaíso también se produjeron manifestaciones de descontento en los gremios obreros del puerto. Hubo actos de pillaje, razón por la que se hizo intervenir a las fuerzas armadas, lo que provocó varias víctimas. La oposición presentó esos desmanes como instigados por las autoridades para crear desórdenes y culpar a los opositores de obstaculizar la labor del Ejecutivo. La Comisión de la Cámara de Diputados, formada por Abraham Kónig y Rafael Errázuriz, en su informe del 26 de julio, llegaba al convencimiento de que lo que se había llamado huelga de Valparaíso "no ha sido tal, sino un tumulto vergonzoso y que dicho tumulto que se convirtió horas más tarde en hordas de saqueo y pillaje pudo haberse contenido si la autoridad hubiese tomado medidas oportunas de represión".

A raíz de estos incidentes fue destituido el capitán de puerto, don Jorge Montt, quien será el caudillo militar de la insurrección.

8. En 1891 se produjo la sangrienta guerra civil que costó la vida de Balmaceda y la paralización del progreso del país y que fue la acción del imperialismo ingles y de los terratenientes y banqueros nacionales, mancomunados en un estrecho bloque al verse lesionados por las reformas y proyectos y por la actitud independiente del Presidente.

La "revolución" de 1891 no se debió a un simple conflicto constitucional de carácter político, como la han presentado casi todos los historiadores, sino que su causa esencial radica en los grandes proyectos económicos y sociales de Balmaceda, que afectaban hondamente a la clase terrateniente y plutocrática y a los consorcios imperialistas, los que podían ser realizados en su gobierno o en el de su sucesor, elegido, sin duda, con la intervención del Ejecutivo. Su plan de obras públicas, sus proyectos de nacionalización de la industria salitrera y de socialización de las diversas instituciones bancarias y de prestamos; la difusión de la enseñanza, especialmente de la secundaria y profesional, en las ramas industrial y agrícola, fueron las causas de esa insurrección que tanto daño causara al país.

La política económica de Balmaceda tendiente a invertir las rentas que proporcionaba el salitre en obras reproductivas, creando así grandes reservas de riquezas para el país en el futuro, era la única que garantizaba un desarrollo económico importante y la posibilidad de su industrialización apoyada en la formación de capitales propios. Pero esa justa y sabia política hería los intereses de la oligarquía nacional económicamente vinculada al capitalismo inglés, que por intermedio del salitre le aseguraba un mercado fácil a su economía agraria feudal y la liberaba del pago de contribuciones para sostener la maquinaria del Estado. Mr. Thomas North, su representante, el "rey del salitre", manejaba el Congreso Nacional y la prensa opositora. De allí que Balmaceda llegara a afirmar que el Parlamento estaba minado por el oro de los banqueros nacionales y extranjeros.

El salitre es la clave de la revolución. La región donde se producía fue la sede del levantamiento; sus rentas, que eran los dos tercios de las rentas nacionales, permitieron el financiamiento de ella y sus trabajadores fueron transformados en soldados "constitucionales", mientras obreros bolivianos los reemplazaban temporalmente en las faenas. Es muy aclarador al respecto el telegrama que Isidoro Errázuriz dirigió desde Iquique, el 30 de abril, a Vial Solar, agente de los insurrectos en el Perú y que apareció en La Opinión Nacional de Lima: "Ocupamos a Tacna, Tarapacá, Antofagasta y Atacama con una renta de 33 millones, contra 17 para el resto de las provincias; con 13 millones de libras de capital extranjero contra 800 mil en el resto; con 60 millones de comercio y 60 mil residentes extranjeros" (21).

Claro está que la lucha se llevó a cabo en el plano político como una acción de las fuerzas democráticas, que dominaban el Congreso, en contra de las supuestas arbitrariedades del Ejecutivo. La oposición congresal levanta como bandera revolucionaria la lucha por la implantación del parlamentarismo, panacea destinada a elevar al país a los más grandes destinos, en contra del presidencialismo autocrático que sojuzgaba y aplastaba la nación. Tanto hincapié se ha hecho a este respecto que incluso historiadores, que al decir de sí mismos han enfocado el desarrollo de los acontecimientos históricos del país con un nuevo criterio, siempre que tratan de la revolución del 91 la explican por la misma causa. Así, Francisco A. Encina ha escrito que "la idea-fuerza que generó la revolución chilena de 1891 fue el convencimiento de que la libertad electoral marcaría un gran progreso sobre el régimen portaliano, que Balmaceda estimaba necesario prolongar". Algunos ideólogos, sinceramente, lo estimaban de tal suerte, pero la inmensa mayoría de los insurrectos lo hacía por intereses más concretos y materiales. Por otra parte, como certeramente lo anota F. W. Fetter, el Congreso "en su mayoría representaba a los elementos más conservadores y pudientes del país", por lo que era difícil que luchasen honestamente por una reforma política de carácter liberal y democrático. El tartufismo de la reacción nacional ha sido desvergonzado: en Lircay venció agitando la bandera de la "defensa de la Constitución" liberal, ultrajada; en Placilla y Concón triunfa sobre el liberalismo y la democracia haciendo ondear el pendón de "la libertad electoral" y de "la libertad contra la tiranía". Una vez que obtiene la victoria consuma la entrega de nuestras riquezas al capital imperialista, convierte el país en una factoría colonial y protagoniza los mayores escándalos financieros.

Analizando este problema, Ricardo Salas Edwards estima que la libertad electoral por la cual luchaban los opositores se había venido imponiendo gradualmente y en ello tuvo participación importante el propio Balmaceda. Perdió la confianza del Congreso por otras razones y se tomó como pretexto esa bandera para combatirlo, apoyándola en el temor de una posible intervención de Balmaceda en la elección de su sucesor. Balmaceda tenía una devoradora iniciativa de reformas y su leit motiv era propender a la nacionalización y fomento de las industrias del país y a la difusión de la instrucción pública. Estos hechos son más razonables para colocarlos como causas mas electivas de la enemistad hacia su administración. Es preciso, ademas, expresar que Balmaceda no era enemigo del parlamentarismo debidamente implantado. Es decir, según sus propias palabras, deseaba la realización práctica del gobierno parlamentario, con partidos de ideas y organizados, que vivieran de la libre discusión; pero trente al atomismo político existente y al predominio en los partidos de los intereses personales, detrás de los cuales estaban los del imperialismo, defendía las prerrogativas presidenciales estatuidas en la Constitución. Es por eso que la oligarquía lo acusaba de aterrarse en el poder y de querer dejarlo en herencia a su íntimo amigo, Enrique Salvador Sanfuentes, aunque luego abandonó este propósito para tranquilizar a la oposición.

En los falsos términos políticos indicados colocaron la pugna que tenía móviles más profundos y egoístas.

La oligarquía feudal-plutocrática deseaba a esta altura que el Ejecutivo estuviese subordinado al Congreso, poder que se generaría por el fraude y el cohecho, es decir, por el caciquismo feudal, cuyas peonadas dóciles constituían el poder electoral. En esa forma el Parlamento pertenecería totalmente a las clases privilegiadas.

Los conservadores combatían a Balmaceda porque además de haber sido el inspirador de las reformas liberales de Santa María, había rechazado el proyecto de comuna autónoma que presentara el senador Irarrázabal, proyecto aprobado en el Senado debido a que daba un enorme poder a los Municipios, incluso el electoral, con lo cual se devolvería nuevamente toda su influencia a la oligarquía terrateniente. Recientemente el señor Ricardo Cox Méndez, en su libro Recuerdos de 1891, donde describe la participación que le cupo en la "revolución" como joven y ardoroso opositor, expresa algunas interesantes consideraciones acerca de la gran influencia que sobre los conservadores y católicos en general ejerció en ese instante el recuerdo de la acción tenaz de Balmaceda en la dictación de las leyes laicas en 1882-1883. Para el señor Cox este elemento de orden religioso y espiritual tuvo una parte importante en la génesis de la guerra civil, hecho que ha escapado generalmente a los historiadores de dicho periodo. De aquellas leyes de matrimonio civil y de cementerios laicos, tan fanáticamente combatidas por la Iglesia, y de las ardorosas luchas que desataron, procedían los sentimientos hostiles hacia Balmaceda del Partido Conservador y de las familias católicas. Es verdad que no puede negarse el señalado papel que dicho factor tuvo en la actitud de un apreciable grupo de la sociedad chilena hacia el Presidente, pero no debe exagerársele, pues los conservadores, ante la defensa de intereses mas concretos y terrenales, se unieron a los "nefandos" herejes radicales y masones para destruir a Balmaceda y al espíritu de su obra. Asimismo, es curiosa la actitud de los personeros conservadores en esta contienda. Por ejemplo, Abdón Cifuentes, quien en sus Memorias aplaude y exalta la obra de adelanto material y la preocupación por el desarrollo de la educación que observara en los Estados Unidos, condena idéntico fenómeno cuando éste surge durante la administración de Balmaceda, atribuyéndolo a fines mezquinos. Así afirma: "Balmaceda. entretanto, aprovechando las riquezas que nos dejaban las salitreras del Norte, trataba de deslumbrar al país con grandes construcciones de ferrocarriles, de escuelas modelos, de la canalización del Mapocho, etc., es decir, con progresos materiales, que en cuanto a los morales ésos seguían la turbia corriente que les había impreso Santa María" (22). Se advierte la torpe obcecación y el resentimiento por la conexión de Balmaceda con la política de Santa María en materia religiosa. Y es más curioso que igual criterio sostenga el patriarca del radicalismo, don Manuel Antonio Matta, cuando expresó que los planes de Balmaceda para desarrollar el país lo eran sólo "para gobernar a revienta bombo y desparramar millones". Sin embargo, es lo que verdaderamente hicieron los triunfadores de 1891 en beneficio de su clase y sin ningún provecho para Chile.

Por qué la actitud del Partido Radical fue tan ciega y reaccionaria en este trascendental conflicto? El ataque a la Iglesia, desvinculado del ataque a fondo al conservantismo terrateniente, del que aquélla es baluarte, lo redujo a una mera "lucha religiosa" superestructural, con los inconvenientes que supone. En esta contienda formalista se consume el Partido Radical, dándole primera categoría, ante la cual se desvanecen los demás problemas fundamentales de carácter económico y social. La lucha religiosa abstracta pasa a ser de tal modo un narcótico que permitió a la reacción económica maniobrar y recuperar su preeminencia, mientras el radicalismo se aleja de la consideración de los problemas económicos y no define una actitud renovadora ante ellos, con lo que presta un señalado servicio a las fuerzas que pretendía vencer. Este confusionismo radical culmina en la época de Balmaceda al aliarse con los conservadores clericales, actitud que repetirá a menudo, lo que demuestra, desde temprano, su total incapacidad para conducir la lucha social y política por sus verdaderos cauces. Estos anticlericales se unen a la Iglesia para derribar a Balmaceda, enemigo del feudalismo y de la intervención política de la Iglesia, enemigo de la penetración imperialista y partidario de la intervención del Estado en la economía para desarrollar y modernizar al país y de su ingerencia en la expansión de la educación para ilustrar y mejorar al pueblo.

Los diversos partidos: Nacional, Radical, Conservador, Liberal-Doctrinario, se unieron para combatir a Balmaceda, levantando como plataforma de lucha los siguientes puntos; 1º Libertad de elecciones, a fin de impedir la intervención del Ejecutivo en la generación del Parlamento y del propio Ejecutivo; 2º Ampliación de las incompatibilidades parlamentarias; 3º Implantación del régimen parlamentario, con el propósito de someter al Ejecutivo a los dictados del Parlamento.

El diputado radical Enrique Mac-Iver ha resumido muy bien los puntos de vista del Partido Radical y de la oposición frente al gobierno de Balmaceda al analizar, en uno de sus discursos, las razones que lo movían en su actuación anti-presidencialista: "Se trata de una crisis política profunda; se trata del comienzo de la agonía de viejas prácticas viciosas y degradantes; se trata de la defensa de un derecho capital y de nuestras instituciones orgánicas, lo que constituye una cuestión nacional que interesa a todos los partidos sin distinción de colores ni de bandera. El poder electoral del Presidente de la República, el personalismo presidencial, pesan como una montaña sobre los hombros del país. Contra el Presidente elector, contra el Presidente acaparador de la actividad social, contra el Presidente jefe de círculos, se sublevan las convicciones, el honor, el decoro y hasta el orgullo nacional. Ya basta; una nueva generación entra al Gobierno; quiere mandatarios y no amos, verdad y no fraudes, justicia y no mercedes; quiere derecho de elegir para el país y gobierno del pueblo por el pueblo y lo tendrá". Como siempre, los hechos eran distintos a las palabras tribunicias. Es así como en la oposición, cuyas ideas definía vaga y elocuentemente Mac-Iver, militaban liberales que habían sido audaces interventores, veteranos servidores de la omnipotencia presidencial, que habían tenido la dirección de la política y que se habían mostrado conformes con el sistema imperante. Todos los congresales debían sus sillones a la intervención y el fraude.

Balmaceda había visto la necesidad de reformar la Constitución de 1833 con el objeto de dejar sólidamente establecido un régimen político conveniente a los intereses de la nación, que para el era el sistema presidencial, con las limitaciones adecuadas al mayor desarrollo político y cultural del país. Frente a la libertad electoral y a la comuna autónoma, Balmaceda planteaba su propia doctrina. Deseaba "un régimen descentralizado y de libertad", "la independencia de los poderes constitucionales", "asambleas provinciales" y división del país en ocho provincias correspondientes a ocho regiones económicas. En 1890 presentó un plan de reformas constitucionales que no fue considerado por el Congreso, cuya mayoría ya estaba empeñada en derribarlo por el peligro que su gestión significaba a los intereses de la clase dominante.

Se desató en forma enconada la lucha entre el Presidente y la mayoría adversa del Congreso. Después de la última tentativa de conciliación en 1890, con el ministerio Prat, designó Balmaceda uno de minoría y de guerra al Congreso. A Balmaceda lo apoyaba exclusivamente una parte del Partido Liberal, que después tomará el nombre de Liberal-Democrático. Como el Congreso había sido clausurado, no podía censurarlo. No se habían discutido ni aprobado los Presupuestos para 1891, por lo que el Presidente, en vez de convocar al Congreso a sesiones, lanzó un manifiesto al país y declaró, en seguida, que regiría para ese ano el mismo Presupuesto del ano anterior. Asumía poderes dictatoriales. La mayoría del Congreso le respondió con la insurrección, contando con el apoyo de la escuadra. Inmediatamente se apoderaron del norte de la región salitrera, que en el fondo era el nudo de toda la situación, constituyendo un gobierno revolucionario en Iquique, dirigido por una junta compuesta por Jorge Montt, jefe de la escuadra sublevada, Waldo Silva, vicepresidente del Senado, y Ramón Barros Luco, Presidente de la Cámara de Diputados. La junta acreditó como agentes confidenciales en París y Londres a los señores Augusto Matte y Agustín Ross, quienes consiguieron hacer embargar los cruceros Errázuriz y Pinto, asunto decisivo para el desarrollo de la insurrección (en su "Memoria presentada a la Excma. Junta de Gobierno", París, 1892, está el detalle de las cantidades anticipadas por los banqueros ingleses a Ross y el de las remesas de la Junta de Gobierno desde Iquique a partir de marzo de 1891); en Washington, a Pedro Montt; en Lima, a Vial Solar; en La Paz, a Gonzalo Matta. Invirtieron la renta del salitre en reclutar y organizar militarmente a los obreros de las pampas y en comprar armamentos modernos para preparar el ataque a Valparaíso y Santiago. Bajo la dirección técnica del oficial prusiano Emilio Körner, crearon un poderoso ejército provisto de fusiles modernos de repetición y largo alcance (Mannikher y Gras) y pusieron en práctica nuevas tácticas militares (el orden disperso) y, luego, con el dominio marítimo, llevaron a cabo una audaz y victoriosa operación anfibia, que determinó su triunfo. La renta salitrera, la ayuda de los banqueros nacionales y del imperialismo ingles, permitieron la excelente organización militar, que les aseguró la victoria.

9. ¿Cuál fue la actitud del pueblo en este conflicto? Ya el historiador Alberto Edwards, al analizar el papel del pueblo en las revoluciones del siglo XIX, ha escrito que "no obedecieron a un movimiento espiritual, democrático, de las masas. Los mineros de Copiapó que formaron el ejercito de Gallo, las montoneras semifeudales del centro en 1859, no eran más espontáneamente rebeldes que los trabajadores salitreros, la carne de cañón de 1891".

Es verdad, ni Balmaceda ni los insurrectos tuvieron un respaldo popular, porque las masas no entendieron el significado de la revolución ni comprendieron la gran obra de Balmaceda a pesar de que iba en su beneficio. El pueblo, o sea, la inmensa mayoría de la nación, se mantuvo indiferente, no se convenció con las declamaciones parlamentarias de los insurrectos que se autodenominaban "constitucionales", como ironía sangrienta, puesto que se habían levantado en contra de ella: ni comprendió lo que valía el Presidente ni lo que su valerosa actitud significaba al oponerse a los congresales. "Los ejércitos de uno y otro bando se formaron con la carne de cañón de siempre, la plebe, el roto, que llenó los cuarteles, parte por la necesidad, a causa de la suspensión de las obras públicas y de la paralización de las industrias, y parte arrastrada por la fuerza. Por simpatías, casi nadie; porque como tengo dicho, el pueblo permaneció indiferente: ni estimó a Balmaceda, a pesar de los beneficios que recibió de él, ni se dejó seducir por las lisonjas de la revolución. Nuestro pueblo dio pruebas entonces de una indolencia musulmana, hija de una ciega ignorancia que le impide comprender cuáles son sus verdaderos intereses. De aquí es que sus explotadores no sólo no lo toman en cuenta para nada, sino que hayan descuidado hasta las apariencias con que antes se cubrían. La revolución misma, que se presentaba como defensora del pueblo y de sus instituciones para atraérselo, olvidó a cada paso su papel, dejando traslucir su hilaza adinerada y linajuda" (23)

En realidad, Balmaceda afrontó casi solitario esta trascendental crisis. Cometió el error irreparable de no haberse formado un partido político popular, abriéndole los ojos al pueblo para que hubiera visto quiénes eran sus explotadores y quiénes sus amigos .y servidores, es decir, haberle señalado cuáles eran sus intereses y cuál la manera de defenderlos. Balmaceda debió formular un claro programa de defensa del patrimonio nacional, señalando al país entero el peligro que lo amenazaba. No desenmascaró el plan de ataque de la reacción, oculto tras la llamada "libertad electoral" y el "parlamentarismo". No planteó su pugna con el Congreso en el ámbito nacional y en el seno de las masas, que ya constituían una fuerza demostrada en las primeras huelgas, en 1890, y en la formación del Partido Demócrata, en 1887. Así, se enredó en una estéril discusión sobre los motivos aparentes en que el Congreso colocaba la contienda, favoreciendo con ello los designios de la reacción de obscurecer el conflicto, ocultando sus verdaderos móviles. Quedó aislado en la incomprensión y desplazó al campo enemigo fuerzas que debieron ser su más recio apoyo.

No todos los hombres destacados aprobaron la insurrección. Así Fanor Velasco, en su conocida obra, cita la opinión de don Marcial Martínez, quien, teniendo simpatías en favor de la oposición, no estaba del lado de la revolución, pues, según él, con paciencia y tolerancia la oposición se habría hecho dueña del gobierno y no habría hundido al país en los horrores de una contienda armada. Velasco comenta que el Presidente careció de fuerza de ánimo y flexibilidad para transigir ante las exigencias del Congreso; careció de paciencia y fe en una victoria por el camino de la ley.

Balmaceda no desmayó en su actitud combativa y resuelta. Apoyándose en el Ejército, que le permaneció íntegramente adicto, lo movilizó e hizo levas de campesinos, sustrayéndolos por la fuerza al trabajo; declaró al país en estado de sitio; ofreció elevadas sumas por la entrega de diversos opositores; emitió papel-moneda; hizo requisiciones de cosechas y animales en los fundos de sus adversarios; destituyó a los funcionarios contrarios; encarceló a los peligrosos; clausuró las imprentas enemigas; prohibió que enajenaran o gravaran sus bienes sesenta y siete grandes propietarios; designó interventores en los bancos; constituyó un nuevo Congreso e hizo elegir Presidente, resultando triunfante don Claudio Vicuña.

A pesar de todas estas drásticas medidas, vencieron los revolucionarios. Valparaíso y Santiago fueron saqueados; las casas de los partidarios de Balmaceda, lo mismo que muchos negocios particulares, fueron desmantelados. El 29 de agosto, desde las 10 A. M. hasta las 3 P. M., las turbas saquearon las casas de los gobiernistas. Las víctimas fueron unas 150 personas. Agrupaciones organizadas por los revolucionarios y dirigidas por algunos de sus cabecillas, consumaron tales desmanes. (Al respecto pueden leerse el Apéndice de la obra de Fanor Velasco y el testimonio del representante ingles en Santiago, reproducido en el libro de Ricardo Salas Edwards, tomo II, pág. 343. Don Alberto Cabero, en su libro Recuerdos de don Pedro Aguirre Cerda, dice: "No rememorare los días tristes del termino de la guerra civil de 1891, ni sus incendios, ni sus saqueos, ni los asesinatos de los señores Aldunate y Villouta, en Quillota, y del señor León Lavin en Valparaíso, muertes, que deploró el valiente, sereno y jamás sanguinario Almirante Montt"

La "revolución" terminó con el triunfo de los constitucionales y costó al país mas de diez mil vidas y más de 100 millones de pesos. Con lo que se gastó "podía haberse hecho cuatro veces la conversión metálica, que no necesitaba ya más de veinte o veinticinco millones de pesos, o haberse cancelado totalmente la deuda pública". Se produjo exactamente lo que habían vaticinado algunos diarios del gobierno durante el curso de la revolución. Por ejemplo. El Talquina del 23 de julio de 1891, estimaba que ese movimiento daría únicamente por resultado concreto dos centenares de millones de pesos de costo: enriquecimiento de la oligarquía, crisis (que beneficiaría a la oligarquía); leyes en su beneficio, que la arraigarían para siempre en el poder; luchas intestinas en su seno; recrudecimiento de los males electorales (cohecho); empobrecimiento general y, para salir de el, grandes emisiones de papel-moneda y grandes empréstitos, lo que aumentaría la desvalorización monetaria. "Y en medio de toda esta desolación, la oligarquía dominando y avasallando al país, fiera y soberbia, dueña de la propiedad rural y urbana y sumida en riquezas .. ."

Los juicios desapasionados de nuestros contemporáneos coinciden más o menos en el cuadro lamentable presentado en forma tan cruda por El Talquina. Don Daniel Martner, por ejemplo dice: "Todo un porvenir de gloria económica y financiera para la república se derrumbó con la guerra civil de 1891. Desde el punto de vista de los intereses materiales, base de todas las manifestaciones de la vida de los pueblos, la revolución ha sido y será el mayor azote que haya sufrido jamás el desarrollo de la economía chilena". (24)

Así cayó derrotado el gran Presidente, cuya actividad prodigiosa modernizó al país, impulsando todos los campos y sin descuidar hasta la clarividente medida de incorporar para Chile la Isla de Pascua, ganada al patrimonio nacional en los años de 1887-1888.

Las consecuencias de la victoria de los congresistas las sintetiza uno de sus partidarios en estas líneas: "La liquidación de la revolución dio los siguientes resultados: 1º Gasto de más de $ 100.000.000; 2º Emisión de $ 20.000.000; 3º Perdida de 10.000 hombres útiles para las actividades económicas; 4º Perturbación grave del crédito del Fisco y del comercio de Chile; 5º Predominio en la dirección financiera de la República, de un grupo reducido de personas que representaban grandes fortunas, cuyos intereses confunden con los intereses generales del país". Y en su calidad de partidario de los revolucionarios reconoce el daño que infringieron al país imponiendo un grupo cuyos "intereses egoístas" dominan el país (25). Los terratenientes y banqueros nacionales, mancomunados con los capitalistas ingleses sobre todo, y alemanes en menor escala, establecieron un nuevo régimen al servicio exclusivo de sus intereses antipatrióticos.

10. Balmaceda no sobrevivió a la victoria de sus adversarios y se suicidó el 18 de septiembre de 1891, legando a la posteridad un magnífico ejemplo de entereza moral y un notable documento conocido como su Testamento Político (Carta a los señores Claudio Vicuña y Julio Bañados Espinoza) en el que junto con vindicarse, emite conceptos y juicios que la realidad histórica posterior confirmará con una impresionante justeza.

Valdés Cange subraya hondamente, en estas breves líneas, su gesto: "Con el sublime sacrificio de su vida en aras del bien común, parece haber querido levantar un monumento que marcase el fin de la época de las grandes virtudes".

En su Testamento Político traza un profético bosquejo de las consecuencias que producirá el régimen victorioso en 1891. He aquí algunos de sus párrafos más brillantes:

"Mientras subsista en Chile el gobierno parlamentario en el modo y forma en que se le ha querido practicar y tal como lo sostiene la revolución triunfante, no habrá libertad electoral ni organización seria y constante en los partidos, ni paz entre los círculos del Congreso. El triunfo y el sometimiento de los caídos producirán una quietud momentánea; pero antes de mucho renacerán las viejas divisiones, las amarguras y los quebrantos morales para el jefe del Estado. Sólo en la organización del gobierno popular representativo, con poderes independientes y responsables y medios fáciles y expeditos para hacer efectiva la responsabilidad habrá partidos con carácter nacional y derivados de la voluntad de los pueblos, y armonía y respeto ante los poderes fundamentales del Estado. El régimen parlamentario ha triunfado en los campos de batalla, pero esta victoria no prevalecerá. O el estudio, el convencimiento y el patriotismo abren camino razonable y tranquilo a la reforma y a la organización del gobierno representativo, o nuevos disturbios y dolorosas perturbaciones habrán de producirse entre los mismos que han hecho la revolución unidos, y que mantienen la unión para el afianzamiento del triunfo, pero que al fin concluirán por dividirse y chocarse. Estas eventualidades están, más que en la índole y en el espíritu de los hombres, en la naturaleza de los principios que hoy triunfan y en la fuerza de las cosas. Esto es el destino de Chile, y ojalá las crueles experiencias del pasado y los sacrificios del presente, induzcan a la adopción de las reformas que llagan fructuosa la organización del nuevo gobierno, seria y estable la constitución de los partidos políticos, libre e independiente la vida y el funcionamiento de los Poderes Públicos y sosegada y activa la elaboración común del progreso de la República. No hay que desesperar de la causa que hemos sostenido ni del porvenir. Si nuestra bandera, encarnación del gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempos no lejanos, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros flameará un día para honro de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida".

Notas:

1. El sufragio universal experimentó una nueva ampliación durante el gobierno de Balmaceda por la reforma constitucional de 1888.

2. Cita tomada de la obra de Fanor Velasco La Revolución de 1891. Diario desde el 5 de agosto de 1890 hasta el 29 de agosto de 1891. Este libro de Velasco es fundamental para conocer la administración de Balmaceda durante el periodo de la revolución. A pesar de su objetividad, Fanor Velasco demuestra una absoluta incomprensión de muchos de los grandes proyectos de Balmaceda; no vio las transformaciones sociales que se producían y la aparición de nuevos sectores; tampoco se da cuenta del papel enorme que juega el imperialismo inglés en los sucesos que anota y le da excesiva autoridad a las opiniones de la prensa inglesa favorable a los insurrectos, por ser éstos defensores de los intereses de los grandes consorcios ingleses. Así. la medida de Balmaceda por la cual despojaba a los bancos particulares del derecho de emisión para darle el monopolio respectivo al Estado, la califica de carácter eminentemente socialista, como una reprobación, y no como una definición certera y de provecho para el país.

3. Véase la obra de Enrique Zañartu Prieto: Manuel Aristides Zañartu o Historia y causas del pauperismo en Chile.

Fanor Velasco, en su obra mencionada, anota también que el Presidente Balmaceda discurrió, en algunas oportunidades, sobre la organización de un Banco del Estado que concluyera con la dictadura de los bancos particulares.

4. Valdés Cange; Sinceridad.

5. Véase la obra de don José Miguel Irarrázabal Larraín: El Presidente Balmaceda. 2 vols. 1940, págs. 376 a 380.

John Thomas North nació en Leeds en 1842 y murió en Londres en 1896. Trabajó como ingeniero de locomotoras en Carrizal y Caldera y, luego, en la oficina salitrera Santa Rita (Iquique). Introdujo maquinarias para la explotación del salitre y se transformó en seguida en exportador de ese mineral. Fundó diversas empresas. En un viaje que hizo a Inglaterra en 1877 le sorprendió la guerra del Pacifico. Organizó nuevas empresas para impulsar la industria del salitre después de la contienda. Estuvo al lado de los chilenos. Hizo una vasta especulación en una reventa de guanos y al adquirir los bonos emitidos por el Estado peruano con garantía de sus reservas salitrales y guaneras. Chile le respetó y protegió los certificados salitreros que acaparó por los servicios que había prestado durante la guerra. Ganó millones y se hizo propietario de numerosas oficinas salitreras. Organizó diversas sociedades anónimas para explotar salitre y servicios de utilidad pública, de las que era presidente y principal accionista. Organizó empresas bancarias relacionadas con el salitre, explotaciones agrícolas, ganaderas y molineras en el sur del país. para abastecer las pampas: adquirió y prolongó los ferrocarriles salitreros de Tarapacá; organizó una compañía carbonífera en Arauco para asegurar la provisión de carbón que necesitaban las oficinas. Determinó lo fue se llamaba la "northización" de Tarapacá. Con razón se le denominaba "el rey del salitre".

La habilidad con que actuaban las empresas inglesas en su política de explotación salitrera ha quedado de manifiesto al estudiarse, en años recientes. la expropiación del ferrocarril salitrero de Tarapacá. en que se analizaron las vicisitudes de las diversas concesiones otorgadas y entre ellas se recordó que la concesión de la vía de Negreiros a La Noria vencía en 1974, pero el Gobierno de Santa María, siendo Ministro del Interior don J. M. Balmaceda, la declaró caducada. En 1889 la empresa pretendió eludir la caducidad fundándose en que esa sección debía considerarse como accesoria de las lineas principales del F. C. de Iquique a Pisagua.

6. Ver Ricardo Salas Edwards: Balmaceda y el Parlamentarismo en Chile. 2 vols. Vol. I, pág. 152.

7. Dato tomado de La guerra del Pacifico. Los Tribunales Arbitrales de Alejandro Soto Cárdenas

8. Datos tomados de la obra de don José Miguel Irarrázabal Larraín: El Presidente Balmaceda.

También se encuentran informaciones de sumo interés para conocer estas vicisitudes en la obra de don Ricardo Salas Edwards: Balmaceda y el Parlamentarismo en Chile.

En el asunto mencionado quedó demostrada la estrecha concomitancia que existía entre los dirigentes de la política chilena y los industriales del salitre. Uno de los directores manifestó en su defensa: "La administración pública en Chile es, como ud. sabe, muy corrompida, y como se nos atacaba de todos modos, se nos aconsejó hacer ese gasto para asegurar los derechos del ferrocarril".

9. Ver Joaquín Villarino: José Manuel Balmaceda, el último de los Presidentes Constitucionales de Chile. Barcelona, 1893, págs. 204-5.

10. En la reciente obra del profesor Julio Heise González sobre La Constitución de 1925 y las nuevas tendencias político-sociales, que es un gran ensayo en torno al desarrollo social de Chile durante la segunda mitad del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, y la ubicación dentro de él de la Constitución que nos rige, con motivo de haber cumplido 25 años de vigencia el 18 de octubre de 1950, manifiesta, en una nota, que defendieron los intereses salitreros como abogados: don Carlos Walker Martínez, conservador, Enrique Mac-Iver, radical y Eulogio Altamirano, liberal, los tres más connotados líderes de la oposición a Balmaceda. El señor Heise agrega que en el libro del profesor Hernán Ramírez. La guerra civil de 1891. Antecedentes económicos, se arroja extraordinaria luz sobre este apasionante tema

11. Joaquín Nabuco: Balmaceda.

12. Véase en la Revista Chilena, número de septiembre de 1922: Un documento histórico: Balmaceda muere por sus propias manos en la capital de Chile, seguido de un interesante estudio de Guillermo Feliú Cruz: ¿Escribió Balmaceda una justificación de sus actos después de la revolución de 1891 para el New York Herald?

El 20 de septiembre de 1891 al día siguiente del suicidio de Balmaceda. apareció en el New York Herald un largo cablegrama con una relación de los sucesos que habían originado la revolución y su desenlace. Ahí se insertaba un mensaje que, al decir del periodista, habría dejado Balmaceda para el diario. El documento citado es de gran valer, razón por la cual Feliú Cruz lo analiza con prolijidad y, después de un atento examen critico, llega a la conclusión de que concuerda con las ideas expresadas por Balmaceda en varios otros documentos, en especial en su Testamento Político. Piensa que su autenticidad es clara y puede ser obra de Balmaceda.

Pues bien, en el citado mensaje, Balmaceda, en forma condensaba explica el alcance de su gestión presidencial hasta afrontar la revolución con todas sus terribles consecuencias. Entre otras cosas expresa: Actué durante los pasados 8 meses con la firme convicción de que estaba en mi derecho. No tenía a nadie en el Ejercito en quien pudiera poner ninguna confianza. Mis generales me eran falsos. Mintieron durante toda la guerra. Si mis órdenes hubieran sido obedecidas, creo que la batalla de Concón habría, resultado una decisiva victoria sobre el enemigo. Mi corazón en todo este disturbio ha estado con Chile. Yo esperaba librar a mi país , la dominación extranjera. Me empeñé por hacerlo la primera República de América.

13. Ver ensayo de Laín Diez: Los alemanes del 70 en Chile, aparecida en la revista Babel. Nº 45, de mayo-junio de 1948. Aquí junto con comentar la composición social y las actividades de la segunda emigración alemana (después de la del 48) analiza el papel de Alemania en la guerra civil de 1891.

14. Von Gubschmid actuaba como punta de lanza del imperialismo alemán, en fuerte arremetida sobre la economía chilena. Pero, sin duda, la responsabilidad máxima en la guerra civil de 1891, la tiene el imperialismo ingles. Compárese el párrafo del informe de von Gubschmid con este del informe del Ministro de los Estados Unidos en Chile al Secretario de Estado Mr. Blaine, del 17 de marzo de 1891: "Puedo mencionar como un asunto de particular interés el hecho de que la revolución cuenta con la completa simpatía y en muchos casos con el activo apoyo de los residentes ingleses en Chile... Es sabido que muchas firmas inglesas han hecho liberales contribuciones al fondo revolucionario -entre otros, es abiertamente reconocido por los dirigentes de la guerra civil que Mr. John Thomas North ha contribuido con la suma de 100.000 libras esterlinas"- ("United States Government. Papers relating to the foreign relations"... Washington D.C., 1892).

15. Los datos aquí suministrados están sintetizados de la obra de Marcelo Segall: Desarrollo del capitalismo en Chile, donde se hacen extensas consideraciones y se entregan abundantes informaciones sobre los diversos aspectos del desenvolvimiento económico durante la época de Balmaceda.

16. Geografía y Política. Esta obra de Reparaz tiene por objeto demostrar que el hecho geográfico engendra el social, este el histórico y éste el político, con las infinitas variedades que las mutuas reacciones de estos factores producen. Encuentra que dicha ley se continua en América por las diversas dictaduras que han imperado. Estudia el caso de Balmaceda por considerarlo una dictadura similar a la de Santa Ana, Francia, Rozas y Melgarejo, lo que es falso e irrespetuoso para Balmaceda. El ensayo tiene un enfoque exacto del rol importante de la geografía en el destino de Chile, pero es inexacto en muchas afirmaciones con respecto al significado y rol histórico del gobierno de Balmaceda. Desconoce el papel jugado por el imperialismo y no aborda el de la burguesía nacional. También es incorrecta su deducción de que con el triunfo de la insurrección de 1891 queda abierto un periodo revolucionario en el que la burguesía inicia reformas sociales. Estas no fueron dadas sino que obtenidas costosamente, en sangrientas jornadas, por el proletariado surgente. Sin embargo, está escrito con afecto y admiración hacia Chile como pueblo y Estado.

17. Véase Historia de la Dictadura y la Revolución de 1891.

18. Poco antes, el 13 de julio, en el Teatro Santiago, se celebró un gran mitin de las fuerzas opositoras acerca del carácter político del conflicto, lo que movió al diputado Julio Zegers a comentarlos y a menudear sus ataques al Presidente. En sesión del 24 de julio se hizo cargo de las declaraciones del Primer Mandatario a la delegación demócrata y dijo: "En lugar de suprimir las cargas que pesan sobre el pueblo en forma de tributos onerosos e injustos, se ha abolido la contribución de alcoholes, el estanco (del tabaco) y otros que no abrumaban al pueblo. Y si se ha suprimido el impuesto que pesaba sobre los empleados y la contribución que gravaba la introducción de máquinas, la iniciativa no ha sido del Presidente sino del Congreso..." Más adelante afirmaba: "Ni el pueblo fue el que eligió al Presidente de la República ni en nada el Presidente ha servido al pueblo, y la elección la hicieron esas clases opulentas de que el habla. Y en cuanto a servicios, por qué no ha venido aquí (a la Camara) un solo representante de esa agrupación de ciudadanos a que se dirigía el Presidente de la República? ..." Luego hace ver contradictorias etapas en la vida política de don J. M. Balmaceda.

Prosiguiendo en su obra "popular" por indicación de Julio Zegers, al despacharse la ley de contribuciones se aprobó una agregación, conforme a la cual "y con objeto de aliviar a las clases trabajadoras" se suprimía desde el 19 de enero de 1891 el recargo sobre los derechos de aduana que afectaban a los géneros de cáñamos y otros de uso popular.

19. "Los vicios inherentes a las clases populares de las urbes comienzan ya entonces también a acentuarse: el alcoholismo y las enfermedades sociales; la unión de la familia se destruye, su constitución se resiente hasta grados increíbles." Guillermo Feliú Cruz. Un esquema de la evolución social de Chile en el siglo XIX.

20. Palabras del diputado Pérez Montt. Véase Isidoro Errázuriz: Discursos. 2 vols. Biblioteca de Escritores de Chile. La actitud conciliadora de Balmaceda provocó indignación y el discurso de Isidoro Errázuriz en centra del Presidente, por esta razón, es altamente decidor.

21. Véase la obra de Fanor Velasco, pág. 375.

22. Abdón Cifuentes: Memorias, tomo II, pág. 279.

23. J. Valdés Cange: Cartas.

24. Véase su Historia Económica de Chile.

25. Francisco Valdés Vergara: La situación económica y financiera de Chile, Valparaíso, 1894


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube